En cierta escena de Belle de jour (Luis Buñuel, 1967) un chino gordinflón que frecuenta el burdel doméstico donde se prostituye Belle muestra a las pupilas de la casa con mucho misterio y regocijo el contenido de una cajita que lleva consigo;  al verlo, estas reaccionan con gestos de asombro y repulsión, lo que complace al chino, que guarda la cajita sin que el espectador sea informado de su contenido. La astucia surrealista de Buñuel sitúa en el secreto de esta caja la mezcla de atracción y rechazo que provoca el mal, y sobre todo el mal sexual.

La cajita del chino buñuelesco ha vuelto a la actualidad cuando se ha sabido que Jeffrey Epstein, un genio de las relaciones públicas devenido depredador sexual y proxeneta de menores, envió a nuestro querido expresidente don Aznar dos paquetitos bien cerrados, uno al palacio de La Moncloa y otro a su laboratorio de ideas conocido como faes. ¿Qué contenían esos paquetitos y qué relación tenían el remitente y el receptor? La transparencia de la política no llega para aclararlo. Tampoco sabemos si el chino de la película era usuario de los servicios del burdel o un viajante de comercio que mostraba su mercancía a potenciales clientas, lencería fina, juguetes interesantes o planes de pensiones. Los negocios y el sexo mantienen conexiones  inescrutables pero firmes como estacha de navío. Don Aznar, no obstante, ya ha declarado que no conocía al tal Epstein, lo que nos tranquiliza enormemente en un hombre que ha hecho de la sinceridad un principio granítico y ejemplar de su ejecutoria.

La torrentera de documentos sobre míster Epstein liberados del sigilo policial semeja la rotura de la tapa de alcantarilla por la que brota a borbotones el contenido de la cloaca y, del mismo modo que la atarjea ofrece una información fidedigna de los hábitos de los inquilinos de la casa, los papeles de Epstein dan una idea bastante clara de las andanzas e industrias de los dueños del mundo, categoría en la que don Aznar está o estuvo en fase aspiracional. Tampoco hay demasiada materia para el escándalo. Si lo hacían los emperadores romanos o los sátrapas persas por qué no habrían de hacerlo estos de ahora con recursos infinitamente mayores. Después de todo, la humanidad no progresa moralmente; el progreso es solo tecnológico y se mide por la distancia que media entre el hacha de sílex y el misil nuclear.

Este Epstein empezó su carrera como gestor de capitales y en algún momento debió comprender que tan productivo o más que conocer y manejar los mecanismos del dinero es conocer y manejar los sentimientos, anhelos y frustraciones de sus poseedores. Nada hay más solitario que la cúspide de la pirámide y quienes la ocupan agradecen saber que forman parte de una comunidad de triunfadores que pueden hacer lo que les dé la gana y reírse las gracias unos a otros. Lo de Epstein es el castillo de Silling con smartphone, correo electrónico y jet privado. Encanto, contactos y una frenética actividad de relaciones públicas con ofertas que hagan al cliente sentirse especial forman la caja de herramientas de un negocio que trae incentivos y compensaciones en su mero ejercicio. No es solo que el hijo de la reina de Inglaterra pueda sudar sobre el cuerpo trémulo de una adolescente inerme, hay más oportunidades: camelar a la princesa heredera del reino de Noruega (…), seducir a una pija madrileña con pujos de escritora (…), beber de la sabiduría de Noam Chomsky (…), traficar con documentos secretos de un lord británico (…), mariposear con un preboste de Francia muy cool (…) seducir a los oligarcas  tecnológicos (…), incluso cuidar de los caudales de la niña Obregón y gozar de su alegría vital. El negocio de Epstein es omnívoro y prodigioso como un bazar chino (vaya, los chinos se han colado otra vez en la crónica, mis disculpas) y al fondo de la bajera, tras el biombo, está la oferta más interesante, la que hace salivar y despierta la audacia a los clientes más avezados. Lo que Elon Musk llama la fiesta más salvaje. El secreto de la cajita.

Epstein, cuentan las crónicas, no actuó solo. Se apoyó en parejas, secretarias y otras mujeres cercanas a él -la más famosa, su pareja oficial, Ghislaine Maxwell-  para identificar a sus víctimas, aprovecharse de su vulnerabilidad social o económica, y rodearlas de promesas falsas. En el procedimiento, pues, sigue el patrón establecido por el Marqués de Sade en Los 120 días de Sodoma, donde una plantilla de alcahuetas garantiza el orden de la liturgia que ofician los machos alfa.

El tinglado de Epstein y las prescripciones de la novela de Sade, que es la biblia de la perversión científica, guardan interesantes similitudes. Ambas vieron la luz en periodos de transición histórica. La obra de Sade se publicó en 1785, cuatro años antes del estallido de la Revolución Francesa y es un desafiante manifiesto de los privilegios de la aristocracia en nombre de una libertad como la que pregonan ahora los libertarios de la extrema derecha. Las actividades de Epstein tuvieron lugar entre 2000 y 2017, en la víspera del ascenso de Trump y de la consiguiente ola reaccionaria en la que chapoteamos y en la que la democracia y la igualdad de derechos están amenazadas de menoscabo cuando no de abolición.

Los protagonistas y beneficiarios en ambos casos son miembros de una misma clase dirigente, avejentada, corrompida e inepta, de la que el pueblo exige conocer sus correrías con afán punitivo. La novela de Sade tuvo un gran éxito en un público enfervorizado y deseoso de empuñar la palanca de la guillotina y los papeles de Epstein han sido reclamados por el electorado de Trump como señal de ruptura con la época anterior. Este afán popular por sentirse puros y renacidos se ve burlado de inmediato. Los aristócratas recuperaron en Francia las posiciones de privilegio tras la primera fervorina revolucionaria y Trump preside el linchamiento en efigie de su amigo y compinche, que, curiosamente, le garantiza su impunidad.