El mismo día, ayer, el viejo tiene dos visiones de la zarza que arde sin (aparentemente) consumirse, lo que bien podrían ser el signo de un colosal incendio forestal que nos envuelve y donde algo siempre termina chamuscado. Las dos visiones parecen incongruentes entre sí  pero tienen algo inexplicable en común, sin duda atribuible al cambio climático. La primera zarza ardiente es una escritora y diseñadora, Fiona Ferrer, afincada en Barcelona, que ha obtenido licencia para comercializar una línea de ropa con la marca te lo juro por Snoopy. La segunda visión es un fotógrafo de esta remota provincia subpirenaica, Miguel Leache, que ha presentado su fotolibro Miss Diciembre 1854.

Los dos objetos –prendas de ropa e imágenes fotográficas- están inspirados en mitos, de la cultura popular la primera y de la cultura religiosa el segundo; ambos son el fruto del denodado empeño personal de la autora y el autor, y los dos artefactos despegan para hacerse ver y oír en una realidad congestionada donde las camisetas y las fotos son innumerables como las estrellas del firmamento. La ropa de Fiona Ferrer no destaca entre la inabarcable uniformación del imperio zarista (de Zara) y las imágenes de Miguel Leache se añaden, quién sabe en qué anaquel, al infinito archivo fotográfico del mundo, así que ambas creaciones remiten a los autores para ser entendidas y disfrutadas. Son un autorretrato, o para que se entienda, un selfi.

No tenemos noticia del laberinto emocional, cognitivo y discursivo que ha llevado a Fiona Ferrer a poner su obra textil bajo la advocación de la mascota Snoopy, creada por Charles Schultz hacia 1950, pero Miguel Leache tuvo la amabilidad de conducir a un grupo de amigos y curiosos por los vericuetos de la creación que han llevado a su fotolibro. Lo que distingue a ambos creadores es la distinta posición de ocupan en relación con la ruptura que supuso el pop en la cultura occidental en el siglo pasado. Ferrer parece sentirse a gusto en el nuevo ecosistema, pero a Leache aún le cuesta el tránsito entre las dos eras.

Lo dice el título de su libro –Miss Diciembre 1854-, ininteligible sin la explicación del autor, y aun con ella. El 8 de diciembre de 1854 fue la fecha en que el papa Pío IX proclamó el dogma de la inmaculada concepción de María (fiesta nacional en España hace unos días) y lo de miss alude a la belleza que promocionan las revistas de papel couché. La ristra de fotografías del libro, editado en formato de revista, está formada por imágenes de clérigos que participan con atavíos litúrgicos en una procesión de la inmaculada en Roma, jalonada de otras imágenes de objetos inertes y diversos, que sugieren abstracciones, la voz, la palabra, la mirada. La fotografía, como la moda indumentaria, no es un arte discursivo, sino un mosaico de impactos visuales que pueden ser agrupados temáticamente pero que no hacen un relato ni una argumentación. Leache tuvo dificultades para traducir sus intuiciones en palabras, sin perjuicio de la calidad de las fotos y de su carácter evocador. En algún momento hizo pensar que revindicaba la herencia cristiana pero ni sus imágenes ni sus palabras convencerían a los seguidores de don Jaime Mayor Oreja y en un mal trance el autor bien podría terminar en la hoguera por hereje.

Pero eso es historia. Vivimos un tiempo cuántico en el que no sabemos si la realidad está formada por partículas o por ondas ni si el gato está vivo o muerto dentro de la caja, ni si la zarza arde o es un espejismo. Pero cuidado con los espejismos. Aquel arbusto que con sus fantasías lumínicas sacó del aburrimiento al pastor de cabras hace tres mil y pico años (Éxodo, 3, 1-17) aún tiene efectos, que se lo pregunten a los palestinos gazatíes.