¿En qué momento se les afloja el esfínter a los prebostes mundiales y consideran que una buena cagada es el mejor remedio a su incomodidad existencial? ¿Cuándo llega la ocasión en que estos tipos se la sacan y compiten en llegar más lejos con el chorrito mingitorio? He aquí que se extiende la moda de amenazar al vecino con una meada que no podrá detener y que le dejará empapado para los restos. El último competidor que se ha sumado al juego es el líder turco don Erdogan que ha amenazado, o advertido, según se mire, a Grecia con lanzar un misil sobre Atenas. ¿Y por qué?, nos preguntamos.
En esas estamos ahora mismo, ilustrándonos a toda prisa a través de los noticiarios y tertulias de la tele en dos disciplinas hasta ahora ignotas para el común pero que han discurrido juntas desde la noche de los tiempos: la historia de Europa y la balística. Producen gran admiración los expertos que saben de las quebraduras del pasado europeo y los que dominan la jerga militar y conocen obuses, drones y misiles por su nombre y capacidad mortífera. Entrambos expertos nos ilustran sobre la guerra inminente. Ahora solo falta que vengan los albañiles a casa para construir un refugio en el sótano y el gobierno reparta máscaras de gas (que dividirán a la sociedad en precavidos y negacionistas, tribunal constitucional mediante). Pero vamos por partes y volvamos a la concreta pregunta del principio.
Turquía y Grecia son vecinos mal avenidos que comparten el descansillo del Mediterráneo oriental. Ambos fueron imperios y sus respectivas poblaciones étnicas ocupan desde tiempo inmemorial islas y franjas del territorio continental, que se extienden hasta los Balcanes. Es una pésima situación en la época de los nacionalismos, como hubo ocasión de experimentar en la última guerra balcánica en los años noventa. La última baza la perdió Turquía a la caída del imperio otomano, después de la primera guerra mundial, cuando hubo de deshacerse de sus conquistas territoriales del pasado, muchas de ellas en favor de los griegos. Durante la segunda mundial, Turquía fue neutral, a pesar de su tradición germanófila, y este estatus le llevó a formar parte de la alianza armada occidental contra el imperio soviético, que dio a Europa cuatro décadas de sosiego bajo la fórmula de la guerra fría. La Turquía laica y occidentalista estuvo asociada a la unioneuropea y fue candidata al ingreso como miembro de pleno derecho cuando ya era tarde: en 1999, el mismo año en que don Erdogan entró en política para transformar el país en una especie de copia borrosa del histórico sultanato autoritario y confesionalmente musulmán con vocación de convertirse en una potencia regional autónoma sin, por lo demás, dejar de ser miembro de la otan.
Ankara acusa a Atenas de desplegar armas de alcance en las islas griegas que están a un tiro de piedra de su costa. Si el argumento turco es cierto, porque don Erdogan no ha dado detalles, las armas amenazadoras han sido adquiridas por Grecia a Estados Unidos con lo que tendríamos una guerra monitorizada, digamos, por el hermano mayor de ambos contendientes. Algo similar a lo que está ocurriendo en Ucrania.
Hay dos argumentos, no necesariamente incompatibles, para explicar esta eclosión de conflictos en el oriente de Europa. Uno, el complejo industrial-militar norteamericano activa la pugna para ganar terreno y mercado en un espacio que hasta el final de la guerra fría fue territorio enemigo. La otra explicación se resume así: países con regímenes autoritarios y con un gran pasado a su espalda se sienten perdedores de la globalización y necesitan recuperar presencia y prestigio, tanto en su propia casa como en el ámbito internacional, mediante la ampliación de sus fronteras sobre territorios y poblaciones que estuvieron bajo su férula imperial. Las islas griegas de donde procede la presunta amenaza a Turquía fueron parte del imperio otomano como Ucrania lo fue del imperio ruso. Cualquiera de estas dos explicaciones convierte la guerra en un hecho fatídico, insoslayable.
Sonámbulos es el expresivo título de un relato en el que el historiador Christopher Clark examina cómo Europa se encaminó hacia la primera guerra mundial. Quienes la sufrieron quisieron que fuera la guerra para acabar con todas las guerras, como profetizó H. G. Wells en uno de sus delirios futuristas, pero fue la precuela de la segunda, y quién sabe si lo que se cuece al este no será el antecedente de la tercera. La historia y los cañones hacen buena pareja en Europa.
Mi hermano, que es historiador, me dice que la Historia hay que estudiarla con un Atlas y los Arboles genealogicos. Yo añadí la Biblia, el Corán, la Tora y otros libros de preces. «Don Manué» completa ahora el tríptico con un Tratado de Anatomía específica a los dos esfínteres, como dice la jota, el de «alante» y el de «detrás».
La alusión fisiológica quería ser una nota rabelesiana pero no debiera ignorarse el estado de salud física de los gobernantes, sobre todo en regímenes autocráticos, al examinar la situación política. Un saludo, Rodergas.