La reconquista (¡con erre mayúscula, escribidor, que se te ve el plumero!) empieza siempre en Castilla y León, antes y ahora. Es el eterno retorno, que diría el alemán, o que vivimos en bucle, que diría el youtuber. Castilla y León, el baluarte y la fiera, la resistencia y el valor. La patria de los ridruejos, onésimos y ledesmas, convocada a las urnas. La tierra del pan, festoneada de sierras y monteríos que la separan del mar y a la que las gentes de la costa se refieren con un punto de desprecio como la meseta, está llamada a la batalla. El paisaje que fuera el esqueleto del imperio y al que los eximios llorones del 98 rindieron sus alabanzas emerge de nuevo a la primera página de la historia.
Las naciones no pueden librarse de la horma de su pasado y las anunciadas elecciones en Castilla y León tienen su origen en una presunta traición cortesana de matriz medieval. La crónica oficial dice que don Mañueco (paladeen la eufonía arcaica del nombre) ha convocado los comicios para eludir la puñalada en la oscuridad que le tenían preparada sus socios de gobierno, los ciudadanos naranjos, gentes venidas de fuera, de Cataluña, fenicios transterrados de los que no te puedes fiar y en los que hasta el color levantino de su bandera es ajeno a nuestra tradición cromática, la sobria paleta de negros, pardos y morados. En la medida, pues, en que se trata de una cuestión dinástica, de familia, la izquierda está ausente del pleito y seguramente lo estará también de los resultados electorales. Con suerte, el pesoe presentará la candidatura de un gabilondo papando moscas, como en Madrid, y el artilugio mágico, la alfombra voladora de doña Yolanda Díaz, estará todavía en la fábrica. Así que las elecciones son una cuestión de la derecha y sería muy raro que resultara otra cosa.
En el campo de los cruzados se dirime quién es el más medieval de todos. El pepé de don Mañueco y don Casado da la batalla por su flanco derecho, que ya está ocupado por los caballeros templarios de vox, y es en este registro en el que se oirá el fragor de las armas. Y luego está el recién llegado, un contendiente del que no se conoce ni su fuerza ni su forma porque emerge de la niebla del país vacío: las candidaturas provinciales que tienen como objetivo dar fe de su existencia real. También proceden de una proyección histórica: los comuneros frente al emperador. Su fuerza, por ahora, es solo semántica. Han cambiado el adjetivo del país, de vacío a vaciado. Vacío es una condición ontológica, irremediable y siempre igual a sí misma; vaciado es una circunstancia histórica, reversible, por tanto.
El estado de las autonomías carece de impulso para elevarse a estado federal pero le sobra lastre histórico para convertirse en reino de taifas, en el que la historia se resume en una lucha sin término entre el poder central y los poderes regionales, que brotan como setas en el momento más inopinado. La paradoja de este último movimiento de ajedrez en la casilla castellano-leonesa es que sus promotores lo han hecho para reconquistar Madrid, opulento, codicioso, ensimismado y a un tris de independizarse de España. Ah, y no olvidemos la pandemia medieval que nos envuelve, oculta tras la mascarilla en la cabeza de los electores.