Cuando don Alberto Rodríguez, diputado por Canarias, entró en el hemiciclo del parlamento para tomar posesión de su escaño, los más viejos del lugar supimos que acabaría mal. Demasiado pelo, demasiado ostentoso, demasiado bárbaro. Una diputada jacarandosa, educada en los aromas de muchos años de poltrona, no pudo reprimir una reacción cautelar. Luego, el así motejado rastas resultó un caballero de voz melodiosa, talante dialogante y exquisito trato, nada comparable, digamos, al estilo tabernario del ex portavoz del pepé, don Rafael Hernando. Pero las rastas seguían ahí y por fin hemos dado con la forma de cortarlas, a la vez que la cabeza del portador.
Dizque don Rodríguez dio una patada a un guardia de la porra en ocasión lejana de la que no se tienen más pruebas que la denuncia del guardia, pero el tribunal supremo ha comprendido intuitivamente que lo único que puede esperarse de un rastas frente a un guardia es que le dé una patada, si no ¿para qué esa desmesura capilar?, y le ha condenado a una mínima e inconvincente multa que con la colaboración de la presidenta del parlamento, doña Batet, se ha resuelto en la privación del escaño para el condenado y la condena a la privación de representación política de quienes votaron a don Rodríguez aun a sabiendas de que peinaba rastas.
El incidente, sin embargo, no parece deberse a la cabellera ni a que el activista don Rodríguez participara en un acto de protesta (si es que fue así) sino que es un rasgo genético de los podemitas y compañía. Todo indica que patean y cocean. Resulta que el aniñado de cara y bien peinado don Errejón también está denunciado por arrear una patada a un ciudadano. La secuencia se cuenta así: el pasado 2 de mayo, fiesta que conmemora en Madrid el levantamiento de los podemitas de la época contra el poder napoleónico, don Errejón iba con un grupo de amigos cuando fue abordado por un vecino del barrio de Lavapiés que venía de copas y le pidió hacerse un selfi con él; don Errejón se negó alegando que ya no estaba en horas de trabajo, el efusivo vecino le replicó que él usaba las redes sociales para ponerle a parir y don Errejón le respondió con una patada en el estómago. Es la clase de relato que parece mentira y quizá lo sea.
Los jueces podrán confirmar que los podemitas et alii, por más dialogantes que parezcan, son de patada fácil, incluso fuera del horario de oficina, pero al mismo tiempo habrán de ponderar la altura del presunto agredido porque, si bien es posible soltar una patada en la rodilla a quien está enfrente, darla en el estómago a quien presuntamente está pegado a ti como un lapa para hacerse un selfi exige ciertas habilidades en artes marciales que no sabemos si están al alcance de alguien de la talla física del acusado. Pero los abogados y los electores de don Errejón harían bien en no confiarse. En este juego de la oca en el que los jugadores llevan puñetas en la bocamanga, una patada, probada o no, vale un escaño en el parlamento.