Es un tópico anual que el certamen literario más amañado del país y con seguridad del planeta que habitamos, del que lleva su nombre, se acompañe de cierta polémica, que a la postre queda en más publicidad para las ventas de la novela premiada. El premioplaneta no recompensa el mérito literario sino la capacidad de la ficción para hacer dinero.  Ambos términos – negocio editorial y excelencia literaria- coinciden algunas veces, pocas, pero la prioridad de los promotores del galardón -y de los novelistas, a qué engañarnos- es  la primera, lo que significa que han de tomarse medidas empresariales rigurosas para que la obra y el autor premiados cada año estén en la corriente principal del gusto del público y el único modo de que no haya errores ante este objetivo es conceder el premio antes de su convocatoria. El autor elegido agradece el obsequio porque a nadie le amarga un millón de euros, si bien un último rastro de pudor le lleva a presentar su obra bajo pseudónimo.  La justificación de esta conducta, que podría calificarse de fraudulenta, es obvia: si la ficción es básicamente una mentira bien contada, ¿por qué no habría de serlo también el premio que la ensalza?

Este año tocaba premiar una novela negra escrita por una mujer y a los editores les pareció de perillas que la beneficiaria fuera una tal Carmen Mola, autora de una trilogía del género que ha registrado un espectacular éxito de ventas. La sorpresa –alguien debía estar al tanto, supongo- surgió cuando a la recepción del premio se presentó un trío de caballeros que usan ese pseudónimo para sus afortunadas obras en comandita. El pseudónimo es una estrategia no infrecuente en la literatura pero tres machirulos que vagan por el mercado literario con el pasaporte de una dama bien parece una acción de quintacolumnistas en el frente de la  creación hecha por mujeres. Si además, el truco se revela en un sarao del who is who literario presidido por los reyes, es inevitable pensar que en él ha habido algo más que un descuido. Los pseudónimos literarios no solo son conocidos y reconocibles  y están soldados a un nombre real sino que, en general, los usan, o usaban, escritoras que necesitan superar con un nombre masculino la preterición de que son objeto. Todos sabemos que  Isak Dinesen es Karen Blixen; Fred Vargas es Frédérique Audoin-Rouzeau y George Eliot es Mary Anne Evans. Cuando leemos sus libros, sabemos que están escritos por una mujer y esa certeza tiene un valor perceptivo, amplía el foco del lector. Carmen Mola le ha dado la vuelta a esta servidumbre del pseudónimo. Aquí la máscara tiene un inequívoco sentido comercial: simplemente, las escritoras son hegemónicas en la novela policíaca y los hombres intentan participar en el pastel, aunque sea con faldas y a lo loco.

A nadie se le ocultan las resonancias de esta apuesta de negocio en medio del debate sobre el borrado de las mujeres, el género no binario y la autodeterminación de género, que ahora está en el centro de la agenda social. Los muñidores del taimado y fraudulento premioplaneta lo habrán tenido en cuenta, sin duda. Ya veremos cómo les sale, aunque no hay por qué suponer que mal. El público del planeta no entiende de esos galimatías, como este escribidor le oyó decir al viejo editor José Manuel Lara, creador del premio en ocasión análoga.