La debacle afgana nos ha pillado a los celtíberos enzarzados en el peliagudo problema de cómo deshacernos de unas decenas de adolescentes marroquíes que llegaron a este país cuando nuestro amigo y vecino, el comendador de los creyentes, abrió la frontera para que nos enterásemos de la que nos espera si contrariamos su voluntad. El asunto es una versión miniaturizada de lo que ya está ocurriendo al otro lado del mundo desde que se oficializó la estampida de Kabul, a donde ya se ha dirigido la unioneuropea, bien amarrada y repleta la billetera, para que los países vecinos embalsen en su territorio la ola migratoria de refugiados que ni locos queremos que llegue a nuestras playas.

El caso es que el tsunami afgano ha barrido de las páginas de los periódicos la agónica peripecia administrativa emprendida por nuestras instituciones para deshacerse de los adolescentes marroquíes, malqueridos a este y al otro lado del estrecho. El alboroto empezó con la enésima bronca interna en el seno del gobierno sobre los derechos de estos menores y, después de un peloteo de opiniones contradictorias, en el que no faltó la del ignaro pepé, el asunto ha arribado a los tribunales, como de costumbre. Todo indica que la operación de repatriación de estos jóvenes se ha intentado en base a un acuerdo bilateral de los reinos de España y Marruecos, que ahora están de buen rollo, y por un procedimiento pactado por el presidente de Ceuta y el ministro de la policía, don Marlaska, para aliviar la tensión en la ciudad autónoma, agitada por los tocapelotas voxianos.

En resumen, dejando de lado lo que el ministro Marlaska llama matices de técnica jurídica, a la espera de la resolución judicial, lo que puede decirse es que estamos todos tan acojonados que los dedos se nos hacen huéspedes y unos pocos adolescentes zarandeados por quienes debían cuidarlos y que solo aspiran a salir de la miseria han puesto en jaque a todas las instituciones del país. Eleven esta vergonzosa crisis doméstica a nivel europeo y tendrán una idea del grado de impotencia y vergüenza que deberíamos sentir. Es inútil hacer cábalas sobre el futuro, ni siquiera sobre la suerte inmediata de estos muchachos marroquíes, rehenes de una situación que ellos no han creado. Pero no hay muchas razones para el optimismo. Es la banalidad del mal, que diagnosticó frau Arendt.