Los sesudos seguidores de esta bitácora dispensarán que el escribidor vuelva a la tragedia méssica como motivo de comentario. En descargo del autor diremos que es un asunto que ha ocupado a todos los medios del planeta, ya sean sesudos o difusos. Lo cierto es que ayer y esta mañana ha resultado imposible escapar del magnetismo de la noticia. Después de todo, se trata de un asunto que afecta a nuestra fe en el mundo y por bastante menos la humanidad se entregó en el pasado a guerras sangrientas e interminables, Bien mirado, pues, que eso ya no ocurra debe interpretarse como un avance de la especie humana.
El asunto se puede abordar como un intrincado enigma policíaco o como un vasto fresco de antropología postmoderna en el que se pone en evidencia la tensión insoluble entre la sentimentalidad y el dinero. Los grandes emprendedores de este siglo, los dueños de las plataformas digitales, ya han resuelto el dilema y han inventado modelos de negocio en el que los sentimientos de los individuos son directamente monetizables. Recuérdese aquello de que si no sabes dónde está el negocio es porque el negocio eres tú. Pero no tiene la misma entidad poseer un carné de socio de fútbol que una cuenta de facebook. Desafortunadamente, el fútbol es un invento antiguo, decimonónico, en el que sentimientos y dinero están presentes, y de qué manera, pero transitan en órbitas distintas, y este hecho provoca en algunas ocasiones, como la que se comenta, pavorosas rupturas emocionales. Y económicas, claro.
Si enfocamos el caso en modo policíaco y buscamos al culpable, todos los indicios apuntan a don Laporta. El presidente barcelonista sabía que el club carece de bolsa bastante para mantener la ficha del jugador pero prefirió alentar entre los seguidores la ilusión que les unía al ahora desterrado, era una promesa electoral, hasta que, llegada la hora de la firma del contrato, comprendió que no podía mentir ante notario, levantó la sesión y a otra cosa. Esto ocurre todos los días en el mundo de la política, pero el buen pueblo da por supuesto que sus gobernantes son unos mentirosos y no les presta demasiada atención. En el fútbol, en cambio, los fulleros son inimaginables porque, de lo contrario, con qué ánimo iríamos todos los domingos al estadio como quien va a misa y qué mensaje íbamos a legar a nuestra juventud.
Si ampliamos el foco y adoptamos una perspectiva más general vemos que el fútbol internacional es el mercado más libérrimo y simple que pueda imaginarse. A un lado, unos tipos (ahora se cubren la cabeza con una toalla) con maletones de dinero y al otro, unos chicos que tienen la inteligencia en los pies y que saben que se harán ricos sin más esfuerzo que ejercitar ese don de la naturaleza. Esta sencilla dialéctica de mercado libre encuentra dos obstáculos, que han concurrido en este caso: la irrupción de fondos financieros incontrolables y las regulaciones de los contratos por corporaciones con poderes arbitrales.
Un fondo buitre llamado CVC apareció en las últimas fases de la negociación como si fuera papá noel para aliviar las penurias financieras de los clubes españoles (el endeudamiento crónico es un rasgo fijo en esta etapa de la globalización neoliberal) al modesto precio de hipotecar los ingresos del club durante cincuenta años. Eso, antes, se llamaba usura y era delito. El segundo agente perturbador han sido las normas de la liga española de fútbol para contener el coste salarial de los clubes con la razonable intención de sentar una base común y equitativa en la competición, a la que han llamado pudorosamente fair play. Pero ni el Barça quería someterse a la tiranía de un fondo de inversión ni el salario del ídolo del balompié entraba en los restrictivos límites marcados por la liga. Luego, todo es llanto y crujir de dientes.