Hubo un tiempo en el que estaba convenido que los toreros no tenían más luces que las del traje. Eran, por lo general, gente de baja extracción social en la que solo se reconocía cierta sabiduría popular y sentenciosa, más dictada por su azarosa profesión que por su frecuentación de los libros. Cuando estaban fuera de la plaza y de las tareas de la lidia, les bastaba vestir con apostura galana el traje corto y el sombrero cordobés con una copita de montilla a mano para que su valor y su dinero les otorgara una autoridad intelectual y moral sin réplica. Hay una famosa hablilla  a propósito: se dice que en un encuentro de don Rafael Gómez Ortega el Gallo con don José Ortega y Gasset, el maestro de la muleta y el estoque preguntó a qué se dedicaba el maestro de metafísica y cuando le dijeron que era filósofo concedió, tiene que haber gente pa tó. Una derivación sociológica de esta anécdota es que tenemos en nómina más toreros de fama que filósofos relevantes.

Esta amable conllevancia, para decirlo al modo orteguiano, entre el toreo y la ciencia ha sufrido un severo revés por la confluencia de dos factores nuevos en la historia. El primero, el crecimiento de una sensibilidad social que aspira a abolir la tauromaquia y que, en todo caso, ya ha dañado seriamente su reputación. El segundo factor es la eclosión de las redes sociales, en las que no se requiere ninguna autoridad especial para emitir tu opinión al vasto mundo. Las sentencias de los toreros, que antes quedaban en el ámbito del casino o del club taurino y no tenían más eco que el que pudiera aviarles un obsequioso cronista de provincias, ahora recorren como un rayo la nube y tonto en el que no lo lea. El matador don Morante de la Puebla ha tenido ocasión de comprobarlo cuando después de colgar una tópica soflama voxiana en tuiter –la libertad en este país no existe. Basta ya- ha añadido un par de mensajes más acompañados de sendos fragmentos de vídeo de la corrida que acababa de ejecutar y la autoridad que gobierna la red social ha cancelado su cuenta porque, alega, sus mensajes muestran escenas sangrientas gratuitas emitidas para provocar deleite en la crueldad o por placer sádico. La noticia que quizá halague al torero es que la red social le ha tratado con el mismo miramiento que a míster Trump y podría decirse sin demasiado error que ambos personajes están en la misma cofradía aunque en departamentos distintos. Sin embargo, las alegaciones de tuiter para cancelar la cuenta del torero son, excepto en lo que se refiere a las escenas sangrientas, que es un hecho, arbitrarias y subjetivas. No habrá muchos taurinos que se identifiquen a sí mismos como crueles y sádicos, y no les faltaría razón. Es un tema discutible, pero no lo es que la tauromaquia ha dejado de ser una cuestión de política doméstica española y se ha convertido en materia de debate universal.

Más grave es que un poder ignoto e inapelable ejerza la censura en nombre de una moral privativa –un tanto moña, en este caso, habría que añadir- sobre unos contenidos que, manifiestamente, no entran en el código penal ni constituyen un peligro objetivo para nadie, tanto más cuanto que la recepción del mensaje es libre y el receptor puede responder con sus propias opiniones. El torero se manifiesta contra una corriente de opinión que amenaza su modus vivendi y tiene razón para hacerlo. Por lo demás, los tuits de Morante de la Puebla no detendrán la decadencia de su oficio, y sus habilidades con las banderillas, la muleta y el estoque, tampoco.