Fútbol 2021. La Eurocopa concluye en el estadio londinense de Wembley con la victoria de Italia sobre Inglaterra, a los penaltis. Es una noticia que difícilmente habría arañado el caparazón de indiferencia del escribidor hacia el deporte en general y el fútbol en particular si no fuera por un detalle estadístico que ha agitado la memoria. Inglaterra ha perdido la oportunidad de ganar su segundo título internacional en los últimos cincuenta y cinco años, que en este negocio es como decir toda la eternidad. La única vez que ganó fue en 1966, final del mundial, frente a Alemania, en el mismo campo: Wembley. Podemos entender la anhelante expectación de la afición inglesa ante el partido frente a Italia, y la decepción subsiguiente. Al escribidor le ha servido para recordar una deuda contraída con su padre, y nunca satisfecha.
Aquel mundial de hace medio siglo y pico fue contemporáneo del despegue económico español, lo que significa que en casa, un piso de protección oficial de apenas ochenta metros cuadrados, podíamos atisbar el mundo a través de un aparato de televisión, pequeño, en inevitable blanco y negro, de neblinosa imagen. En el grisáceo césped correteaban, entre otros, Franz Beckenbauer y Bobby Charlton, héroes que han quedado prendidos en la memoria más por la eufonía del nombre que por su excelencia con el balón, que para el memorioso era indescifrable.
El escribidor as a young man y su padre se disponían a ver el partido. Hicieron pronósticos sobre el resultado y se apostaron cien pesetas (sesenta céntimos de euro). El viejo, a favor de Inglaterra; el joven, por Alemania. En la preferencia del viejo (que no lo era tanto: cuarenta y seis años) no había ninguna ciencia futbolística sino una querencia sentimental y política: era aliadófilo y la victoria de Inglaterra en la guerra mundial fue probablemente una de las pocas alegrías cívicas que le había dado la vida. Contaba que cierto establecimiento de ropa de abrigo de la ciudad subpirenaica –El Búfalo, en la calle Comedias, hace poco desaparecido- exhibía a principios de los años cuarenta un mapa de Europa en el que unas banderitas con la esvástica marcaban los avances del ejército alemán y se detenían en el canal de La Mancha. Después de Stalingrado quitaron el mapa del escaparate, rememoraba aquel hombre con fruición. Para el escribidor adolescente, el recuerdo paterno era una historieta más de los apreciados tebeos de hazañas bélicas. Por lo demás, ni el padre ni el hijo sentados ante el televisor eran aficionados al fútbol, pero ¿qué otra cosa hacer ante la final de un mundial que verla en el aparato de reciente adquisición? La clase media se construye rutinariamente en la interacción de la tele con la sociedad.
El partido terminó como es sabido (Inglaterra, 4-Alemania, 2, algunos dicen que con la sutil colaboración de un juez de línea soviético que también debía recordar Stalingrado) y el padre murió quince años más tarde sin que su hijo satisficiese la deuda contraída por la apuesta. Es un recuerdo que mortifica al deudor por lo que significa de alejamiento y desdén. Un recuerdo huidizo, incierto, como de televisor antiguo. Hubo pocos puntos de contacto entre padre e hijo y uno de ellos es la deuda impagada por la única victoria internacional del país que inventó el fútbol.