El tiempo y la costumbre diluyen el significado original de los hechos  y podemos convivir con su recuerdo, incluso coquetear con él y rendirle adoración, sin que se perturbe nuestra conciencia. Eso ocurre a los cristianos con el crucificado. Encontramos su imagen  en las paredes de los aulas y de los centros oficiales, en los caminos y en la calles de la ciudad, en el pecho de los creyentes y en la mano de los clérigos, y, en el caso de nuestro país, en una gigantesca cruz, arrogante, obscena como el triunfo de la muerte, que se levanta en el corazón mismo de nuestra memoria, en el paraje de Cuelgamuros, sin que aún hayamos encontrado el valor necesario para derruirla. El cristianismo es la única religión que ha puesto en lo alto de su panteón a un ser humano humillado, torturado, machacado y abandonado por todos, y la única religión que dedica celebraciones, algunas muy jolgoriosas, a este inenarrable acto de crueldad y sadismo.

¿Qué persona que no sea un criminal pervertido participaría o asistiría siquiera al desarrollo de este tormento a un semejante? ¿Quién que no esté completamente enajenado encontraría en la natural compasión que despierta la víctima un motivo de gratificación moral?  La violencia y el dolor acompañan a todas las especies vivas, también a la humana, pero solo una parte de la humanidad ha tenido la osadía (exitosa, por lo demás) de elevar esta circunstancia ineludible a rango de creencia religiosa  y desiderátum existencial. El cristianismo es la única religión en la que la víctima y el verdugo son a la vez hijos de dios y pueden sentirse legitimados y satisfechos por la suerte que les ha tocado. Eso explica, por ejemplo, las guerras de religión que asolaron Europa, en las que los dos bandos invocaban al mismo dios. También explica que los sangrientos dictadores del siglo veinte se exhiban bajo palio o recibiendo la hostia de la comunión en la catedral.

Claro que para que esta creencia permanezca viva ha de permanecer el dolor como realidad y como amenaza. Pedimos al crucificado que nos salve porque en cualquier momento podemos vernos a nosotros mismos en la cruz. Pero, ¿qué ocurre cuando esta posibilidad se aleja? ¿Qué ocurre cuando las sociedades proscriben la tortura y la pena de muerte y la ley permite un final de la vida sin la degradación y la desesperanza que el dolor ocasiona? En el primer término de esta pregunta ocurre que los clérigos se quedan sin una de las funciones de su empleo consistente en dar auxilio espiritual a los condenados a muerte; durante la guerra civil llevaban a cabo este desempeño con un pistolón bajo los hábitos litúrgicos.

En cuanto a la segunda cuestión, estamos en ello. Los obispos rechazan que en sus (obsérvese el posesivo) hospitales y residencias geriátricas se pueda aplicar la ley de eutanasia.  Quiere decirse que los allí ingresados sufrirán el dolor que les corresponda hasta que se les pare el corazón o, como se dice en jerga, se los lleve dios a dios sabe dónde porque bien podría ocurrir que el doliente terminara en el infierno maldiciendo la religión que le impide una muerte rápida, piadosa y digna. Tampoco hay que inquietarse demasiado. La ley de eutanasia estará proscrita en estos centros pero sin duda la eutanasia misma no, según las circunstancias. Hay dos subproductos de la fe dogmática sin los que esta no podría pervivir: la hipocresía y la casuística. Los obispos darán argumentos a la extrema derecha, amedrentarán probablemente a una parte del cuerpo médico y quizá den pie a episodios de hostigamiento a quienes quieren ejercer su derecho a una muerte digna, pero todo ello, con ser muy irritante, no torcerá la voluntad de la mayoría del país. La iglesia católica se comporta en España como los jaredim o ultraortodoxos judíos en Israel: niegan al estado del que son ciudadanos, rechazan sus leyes, pero viven de sus subvenciones, en nombre de la verdadera fe.