El término que da título a esta entrada es uno de esos tópicos que navegan por el discurso político como un anhelo o una jaculatoria pero del que nadie sabe qué significa y, sobre todo, para qué vale.  Es en origen un concepto alemán, teorizado y difundido por el muy ininteligible Jürgen Habermas, último paladín de la Escuela de Frankfurt, con el objetivo de sentar la base a un nuevo patriotismo, que en Alemania estuvo fundamentado en la sangre y el suelo, con los resultados históricos sabidos.

El patriotismo constitucional presupone un país variado, contradictorio y al que sus ciudadanos son leales, no por razón de su nacimiento o de su sentimentalidad sino porque una ley común les hace iguales y garantiza su libertad. Los alemanes de la primera mitad del siglo pasado alimentaron un patriotismo que, primero, destrozó Europa y luego, y como consecuencia, los destrozó a ellos. Lo que quedó fue un resentimiento generalizado y un país en ruinas, así que había que encontrar una  fórmula que sirviera para embridar a los alemanes, darles un sentido histórico nuevo y aplacar la hostilidad y la desconfianza de los vecinos. Hay que decir que lo han hecho bien.

Alemania se hizo por agregación de principados y territorios y España es lo que queda de las sucesivas desagregaciones históricas desde que se alcanzaron los límites territoriales del imperio en el siglo dieciséis, digamos. Desde entonces, no pasa una década en que no tengamos que llorar por algún pedazo perdido de la patria, desde el Potosí al islote de Perejil. Cuando eso ocurre se exacerba el patriotismo español, que no es unánime porque tenemos patriotismos a porrillo: territoriales, forales, conceptuales, gremiales, estamentales, económicos, de clase, futbolísticos y gastronómicos, por citar algunos. Todos tienen un pedigrí que se remonta a tiempos inmemoriales y los llevamos en el corazón, cada uno en el suyo, junto a la cartera. Aquí, el patriotismo constitucional no serviría de nada porque los constitucionalistas más enfáticos, los que se manifestaron en la plaza de Colón hace doce días, propugnan una patria en la que no tendría cabida la mitad de los titulares actuales del deeneí.

Es difícil imaginar un patriotismo exento de pulsiones sentimentales hacia lo propio y libre de agresividad contra lo ajeno. Ahora mismo, los jueces del tribunal supremo sufren un ataque de melancolía constitucional, que es también patriótica, porque creen que los indultos de los líderes independentistas decretados por el gobierno son una enmienda a la totalidad de su sentencia. No importa la constitucional división de poderes, ni el constitucional derecho del gobierno a ejercer medidas de gracia, ni los términos procesales de los indultos que reconocen la justicia de la sentencia, nada de eso impide que el patriotismo gremial de los altos jueces se sienta atacado. Bajo las solemnes armaduras enlutadas, festoneadas de puntillas y cuajadas de medallones, los jueces tienen su corazoncito patriótico, como los hinchas de fútbol lo tienen bajo las bufandas con los colores de su equipo. ¿Qué importancia tiene para sus sentimientos  lo que diga el reglamento o decida el árbitro? Ninguna. Verdaderamente, hay que ser alemán para entender lo del patriotismo constitucional; aquí no lo entienden ni los jueces del supremo ni los abogados del estado.