«La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. (Karl Marx, 8 Brumario de Luis Bonaparte).

Once upon a time esta remota provincia subpirenaica fue un reino residual del mosaico medieval europeo bajo el cetro de un rey francés que estaba preocupado por asuntos de mayor enjundia para sus intereses y cuando llegó la hora de la formación de los nuevos estados nacionales, principio del siglo dieciséis, el rey aragonés don Fernando requirió el territorio manu militari para incorporarlo como una flecha más al yugo de las españas. Hubo una guerra, en gran medida civil, que perdieron los legitimistas del rey francés y el viejo reyno, ay, quedó partido por la cordillera pirenaica bajo las soberanías española al sur y francesa al norte. La última batalla que selló este destino tuvo lugar en el paraje de Noáin, donde ahora se levanta un aeropuerto, y desde hace unos años es destino de una peregrinación anual de la nostalgia. La celebración de las derrotas es propia de nacionalismos irredentos pero he aquí que este año otro nacionalismo, que se finge amenazado, quiere imponer su relato y celebrar la victoria de Fernando el Católico en Noáin.

La historia no es un relato lineal sino una sedimentación arqueológica de memorias encontradas, como advirtió Walter Benjamin. Este batiburrillo del recuerdo se nos ofrece en  situaciones de incertidumbre como un mercado de las pulgas en el que el usuario elige tal o cual acontecimiento y le asigna el sentido y el uso que más le complace para exhibirlo ante sus amigos. Es lo que doña Cayetana llama guerra cultural. En la misma ciudad subpirenaica de la que hablamos encontramos otro ejemplo más lacerante, por más reciente. La amnesia que fundamentó la transición democrática hace cuarenta años fue perforada poco a poco por la tenacidad de las asociaciones de la memoria histórica, cuyo objetivo era rescatar del olvido a las víctimas del golpe de estado franquista a las que se había condenado doblemente, a perder la vida y su recuerdo. Los activistas hicieron presentes a estas víctimas tachonando las aceras de la ciudad con pequeñas placas con su nombre frente a los domicilios en los que vivieron. A su turno, el actual ayuntamiento, formado por quienes no querían recordar a esas víctimas, ha copiado la iniciativa y ha señalizado cada punto donde la banda terrorista eta asesinó con el nombre de la víctima estampado en una placa, esta a la altura de los ojos del transeúnte.

El urbanismo de la ciudad se convierte así en un bosquejo de cementerio virtual donde los difuntos conviven sin más distinción que la señal que los recuerda. No es algo excepcional en las ciudades actuales donde la memoria va como pollo sin cabeza entre la iconoclastia y la conservación en busca no se sabe si de una hegemonía o de un espacio compartido. En el caso de esta ciudad subpirenaica, sin embargo, un observador atento que lea las fechas de defunción de las víctimas homenajeadas advertirá que casi todas corresponden a periodos democráticos. La mayor parte de los asesinados por los militares franquistas lo fueron cuando la República aún no había sido aplastada y la mayor parte de los asesinados por eta lo fueron cuando la monarquía parlamentaria ya había sido instaurada y estaba en funcionamiento. Fascistas y etarras tuvieron un propósito común: iniciar una era nueva para el país donde la memoria estuviera abolida. Al final, lo único que ha sobrevivido a estos intentos son los muertos que provocaron, que, como escribió Marx, oprimen el cerebro de los vivos.