En las hipnóticas novelas de Kazuo Ishiguro, el relato está a cargo de personajes que hablan, piensan, sueñan y desean como humanos, pero no son humanos, al menos no de la manera completa, convencional, como definimos la humanidad y nos reconocemos en ella. Esta situación en la que seres inferiores, creados a nuestro servicio, tienen el poder de contar nuestra historia es inquietante, para decir lo menos, porque obliga al lector a preguntarse dónde está la frontera de lo humano, quién la establece y por qué (el para qué es más obvio). En Los restos del día, la palabra la tiene la servidumbre de una propiedad rural inglesa; en Nunca me abandones, oímos la historia de boca de clones humanos fabricados para proveer de órganos a los humanos genuinos, y en Klara y el Sol, la última novela publicada en España, la narradora es un artefacto de inteligencia artificial diseñado para dar compañía y afecto a los adolescentes humanos.

La serie de las tres novelas revela una progresión de la infrahumanidad en el sentido del desarrollo tecnológico, desde la servidumbre cuasi feudal a la robótica pasando por la cirugía de reposición, y, en todos estos periodos que podríamos llamar históricos, los humanos aparecen aquejados de alguna minusvalía que han de remediar las razas inferiores, llamémoslas así, con cierta licencia semántica. Los humanos aquejados de este déficit -ya sea social, biológico o emocional, según los casos- necesitan de las subespecies humanoides que han creado no solo para la conservación de su existencia sino para reconocerse a sí mismos y proyectarse en el mundo como seres humanos.

Kazuo Ishiguro es británico y escribe en inglés pero nació en Nagasaki en 1954, por lo que puede decirse que está en el mundo por la azarosa supervivencia de sus padres a la explosión nuclear que arrojaron sobre sus cabezas. De hecho, su primera novela, Un artista del mundo flotante,  se sitúa en su ciudad natal después de la bomba. Una bomba atómica sobre una ciudad es el punto cenital donde se encuentran la tecnología más desarrollada y la inhumanidad más absoluta. Desde esta perspectiva, la obra de este premio Nobel (2017) puede leerse como una arqueología de la huella humana, lo que otorga a sus historias un cariz distópico, que es, al parecer, el estado natural de nuestra existencia en este principio del tercer milenio.

Durante la guerra fría, bajo la amenaza de un holocausto nuclear, se decía que la especie humana se destruiría a sí misma. Fue una amenaza creíble y útil a efectos políticos pero no es exacta, como lo prueba la existencia de Ishiguro y su obra, que reflexiona sobre este avatar. Lo que hay después de una deflagración atómica es una humanidad aquejada de severas carencias morales y un cierto número de supervivientes obligados a convivir con quienes quisieron aniquilarlos, y que deben reconstruir la percepción de la realidad y el lenguaje que la nombra. Los infrahumanos que narran las historias de Ishiguro utilizan un discurso tentativo, cauto, expectante, extraordinariamente afectivo, en el que domina la necesidad de entenderse a sí mismos y a lo que ocurre a su alrededor y el anhelo de ser reconocidos y aceptados en el mundo de los humanos. Estos a su vez, situados en lo alto de la escala social, transmiten un desasosegante sentimiento de quiebra y de fracaso, que los infrahumanos terminarán por hacer suyo. Novelas para ser leídas en un acogedor sillón de orejas y, a medida que te envuelve la seducción de la prosa, percibir que el suelo se mueve bajo tus pies.