Ninguna imagen que pueda captarse en cualquier espacio imaginable revela con más claridad el desamparo y la desesperación humanas que la imagen de una peña de seguidores de fútbol, ya sea en las gradas o fuera del estadio, antes o después del partido. A esta ansiedad le llaman afición y a quienes la padecen, aficionados. Ni el mismísimo Kierkegaard sufrió el vacío existencial con tanta intensidad como un hincha de fútbol. El coronavirus ha acentuado la desesperación. El buen pueblo se agrupa a las puertas de los estadios cerrados desafiando las leyes de salud pública y entregándose a las fauces del SARS-CoV-2: mátame, maldito bicho pero por dios, que Messi no se vaya del Barça. Y ahí está el mártir de nuestro tiempo, con la cara contra el cristal blindado del automóvil en cuyo interior se supone que viaja dios al salir del entrenamiento, al que interpela: Leo, Leo, Leo, Leo, no te vayas, Leo.

Algunos teólogos de la cosa preguntaron ayer, retóricamente, a San Florentino si en la construcción de su nueva iglesia se había tenido en cuenta a las aficiones de los clubes, y, como corresponde a dios, no hubo respuesta. Una religión no puede sostenerse sobre un dios parlanchín, ¿dónde estaríamos si dios tuviera cuenta de tuiter? La respuesta ha venido de los fieles. Seis clubes ingleses, presionados por sus aficionados, han abandonado la nueva fe. El amigo Quirón sugiere que, siguiendo el hilo de la metáfora, advierta que los desafectos son herejes anglicanos. Pero no funciona del todo porque detrás de los ingleses han desertado los italianos y los colchoneros madrileños. Al final han quedado del bracete el Madrid y el Barça, las dos repúblicas independientes que hay en España, qué curioso. El caso es que San Florentino, que declaró que estas deserciones no eran posibles, se parece hoy más que ayer al papa del Palmar de Troya.

La Superliga, ese sueño de un día, pretendía una reforma de la ecúmene balompédica para adaptar su funcionamiento a las exigencias del dinero en este mundo globalizado y se basa en dos principios bien conocidos. Uno, acumular el poder económico y simbólico del negocio en unas pocas manos que no compitan entre sí, valer decir, formar un poderoso cártel capaz de torcer el brazo a todos poderes operantes, político, mediático y financiero. Segundo principio, multiplicar y fidelizar exponencialmente al público mediante la explotación masiva y sistemática de las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías y singularmente la televisión como principal captadora de ingresos por derechos de emisión y por publicidad. Este diseño supone el fin del suministro de opiáceos a la plebe, el corte del cordón sentimental que une a la aflictiva afición con sus banderas de fin de semana. Los que gobiernan el fútbol actual lo han entendido de inmediato, han sacado a las hinchadas a la calle para abortar la intentona golpista y en un santiamén San Florentino se ha quedado sin peana y sin procesión. ¿Y esto que significa? Pues nada que me importe. No sé para qué me meto en estos jardines.