La fe mueve montañas, dice el tópico. Lo que en realidad mueve la fe son cantidades ingentes de dinero y riquezas. Los faraónicos rituales vaticanos, el botín de sus catedrales, el oropel de sus celebrantes no serían posibles sin la fe de cientos de millones de creyentes. San Florentino Pérez, que sabe de este negocio, ha advertido la buena nueva y ahora que la imprescindible función de opio del pueblo ha mudado de la religión al fútbol se le ha ocurrido la idea de erigir un vaticano del balompié al que ha llamado la Superliga. Suenan las trompetas de los ángeles, arde la zarza sin consumirse y he aquí:

Un restringido y cerrado conciliábulo de grandes clubes, a modo de colegio cardenalicio, al que podrán ser cooptados ocasionalmente otros clubes de extramuros, celebrará aparatosas misas balompédicas en estadios imponentes y rutilantes. Jóvenes oficiantes de piernas de oro desplegarán, balón por medio, sobre una alfombra de color esmeralda una liturgia sublime y emotiva hasta las lágrimas, ante el pasmo de la humanidad que tiene pegada la cara a la pantalla de plasma. Los cepillos que recogen las dádivas de la entrada al estadio  y las cajas registradoras que cuentan los ingresos por derechos televisivos y venta de reliquias de los santos del retablo (camisetas y demás baratijas) crepitarán con júbilo. Los apóstoles de la nueva iglesia se conceden el derecho a jugar en las ligas inferiores por la misma razón por la que los santos de antaño frecuentaban las leproserías y otros lugares de aflicción: para ser reconocidos y admirados por la plebe y para captar neófitos que, con esfuerzo y el permiso de sus mayores, puedan calzarse las botas en el césped del paraíso. A la nueva iglesia no le falta una teología propia y repartirá limosna entre los clubes más humildes, donde se esfuerzan los hijos de los pobres.

Como todas las nuevas religiones, la de san Florentino ya tiene seguidores (Ferreras y Pedrerol la anunciaron ayer con fruición) y ha provocado gran alboroto en la sociedad establecida. Hay muchos intereses en juego y los gobiernos temen, no sin razón, que la lealtad de sus súbditos se traslade a la nueva iglesia. Ya ocurrió hace dos mil años algo parecido y desde entonces cada poder terrenal, sea democrático o tiránico, ha tenido que disputar o en su caso negociar la lealtad del pueblo y el reparto de rentas que tal lealtad trae consigo con el poder mágico que gestiona la esperanza y el entretenimiento. Las airadas reacciones de la fifa, uefa y demás fas que gobiernan el caduco régimen futbolístico actual permiten entender a los emperadores romanos, gobernantes sensatos y sabios como Diocleciano, que no dudaran en echar a los nuevos creyentes a las fieras del circo. La mala noticia es que esta vez no podrán hacerlo. Estamos ante una batalla cósmica como la que sacudió el mundo hace dos milenios. En países vecinos, Macron y Boris Johnson han levantado la voz contra la nueva fe pero el gobierno dizque progresista de España no ha dicho ni pío. Tiene mucho que perder: en primer término, votos, aún más, en la penosa batalla de Madrid pero sobre todo pueden perder el derecho a ser admitidos en el palco-del-bernabéu desde donde se gobierna el universo. San Florentino ya manda mucho pero aún veremos un concilio de grandes clubes proclamando su infalibilidad. ¡Viva san Florentino, que ha conseguido convertir a su credo hasta a los mahometanos!