Una fundación cultural se ha hecho cargo de la biblioteca de Julio Cortázar. El flâneur digital asiste al acto de presentación. Paseo virtual por una amplia y bien iluminada estancia amueblada con estanterías que soportan los libros mientras dos o tres intelectuales (uno, José Sanchis Sinisterra, un memorable dramaturgo y director teatral) peroran sobre el escritor y homenajean su propia admiración por el homenajeado. Una versión abreviada y compactada, aunque no lo suficiente, de en busca del tiempo perdido. El paseante se aburre y pulsa la tecla salir. Entrar o salir, antes o después, son acciones irrelevantes en este universo en el que están abolidas las medidas de espacio y de tiempo, lo que da ocasión a experimentar cuán tediosa e intransitiva puede ser la eternidad. Cuando el flâneur reemprende la andadura por los pasajes de internet el monstruo algorítmico que gobierna su voluntad ya ha descubierto la querencia y le tienta con vídeos de Cortázar. Entrevistas en las que inevitablemente se le pregunta por el compromiso del escritor, término de moda en los setenta y hoy ininteligible.

Cortázar, escritor ensimismado, explorador de los intersticios de la realidad, orfebre de imaginación recóndita y festiva, reafirma en estas entrevistas la compatibilidad de su obra literaria con su compromiso con los pueblos de América Latina. Cortázar inventó un nuevo tipo latinoamericano: el argentino que vaga por las capitales europeas, preferiblemente París, con las manos en los bolsillos y el cuello de la gabardina levantado, sin más guía que sus ensoñaciones. Eran tipos a medio camino entre la poesía y la picaresca. Uno de estos enseñó al escribidor que una mina es una novia; el argentino explicaba a su interlocutor que había venido a Madrid porque una mina le esperaba y su interlocutor lo traducía para sí como una herencia que habría de recibir. Fueron necesarios varios tragos de sobremesa después de comer en el restaurante Pasadero para deshacer el equívoco, que en el fondo no lo era tanto.

Pero lo que ahora llama la atención del paseante en las palabras de Julio Cortázar es el sintagma pueblos de América Latina. Es un tópico de la época que definía la nación o la sociedad como una entidad uniforme de signo romántico y llamada a hacer la revolución bajo la batuta de una minoría armada siguiendo el ejemplo cubano. Luego vinieron las dictaduras militares; luego, los movimientos indigenistas; luego, las reacciones oligárquicas, y siempre la misma mezcla de corrupción y populismo, tan característicamente españoles, que hacen de América Latina un proyecto siempre inacabado, como la madre patria. Es como si hubiera pasado una eternidad pero precisamente por ser una eternidad diríase que todo está inmóvil.

Entretanto, la fama y el magisterio literario de Cortázar, que encandiló a una generación de una manera hoy inexplicable, se desvanecieron. Para ser justo, hubo quien previó que podía ocurrir así. El amigo Conget le dijo a este escribidor en el cuartel de Aizoáin, donde ambos hacían la mili en el fervor del boom literario latinoamericano, que tal vez la obra de Vargas Llosa, robusta, clásica, sería más duradera que la de Cortázar. Para los improbables lectores de esta bitácora menores de sesenta, explicaremos que el título de esta entrada es una paráfrasis del cuento cortazariano Queremos tanto a Glenda, que a su vez es un delicado homenaje literario a la actriz británica Glenda Jackson, que, en efecto, también nos tenía enamorados. El cuento narra una de esas celebraciones autorreferenciales de amigos vagantes por los laberintos de la cultura, el sentimentalismo y la copa noctámbula, que excluyen cualquier compromiso con el pueblo, sea el de América Latina o de las Chimbambas. Glenda Jackson interpretó a Bernarda Alba en un montaje londinense dirigido por Nuria Espert, y aún puedo oír el autoritario grito del personaje, que cierra la obra: Silence! I said.