El jefe voxiano exhibe un adoquín en la tribuna del parlamento, el mismo pedrusco que en ocasiones pretéritas han mostrado  otros voceros de la multifacética derecha. El objeto inerte, mudo, duro, es una pieza de atrezo y los objetos de atrezo en el teatro son neutros y polisémicos. La aparición de un puñal en escena puede identificar a un asesino, a una víctima, a un coleccionista de armas o a un tipo que se propone cortar el pan para hacerse un bocadillo. Don Abascal, que empuña el adoquín sobre su cabeza,  quiere hacer un discurso victimista pero compone una imagen amenazadora. El mismo adoquín convierte a la víctima en agresor, ambos presuntos, desde luego. El adoquín no habla de las circunstancias, los motivos y las intenciones por los que está en la mano del parlamentario. Para eso había antes una disciplina, la retórica, y un don, la elocuencia, que están en completo desuso. Los nuevos demagogos suplen esta carencia con un sinfín de cachivaches que llevan en la mochila, como escaparate de bazar chino, y que exhiben uno tras otro, descreídos del valor de sus propias palabras. El adoquín es el grado cero del lenguaje y llevarlo al parlamento es aceptar el final de la democracia parlamentaria o, como poco, de tu participación en ella.

No nos representan, proclamaban los indignados del famoso y desvanecido 15M, y lo que parecía una consigna política, bien que confusa, era en realidad una enmienda a la totalidad del modo como nos constituimos en sociedad. No nos representan porque el lenguaje compartido de representantes y representados se ha convertido en pulpa. Las redes sociales son las alambradas que comunican/separan las trincheras excavadas en uno y otro campo y constituyen una fantástica trituradora por cuyos canales circulan imágenes y discursos fragmentarios, chirriantes, como tropezones en una sopa sin límites. Memes, zascas, rayadas, acertijos son la munición del petardeo ambiental.

Esta guerra de señales tiene un doble efecto. Los representados parece que empujan y reclaman pero en realidad están enzarzados en sus ocurrencias, y los representantes diríase que escuchan y responden pero en realidad están encerrados en su búnker y a la defensiva. La plebe tuvo ocasión de descubrirlo cuando don Rajoy el balbuciente introdujo la modalidad de rueda de prensa sin preguntas y a través de una pantalla de plasma. Empezaba el desguace del periodismo tradicional, que ha sido el pizarrón del debate público. La tendencia se ha consolidado y los periodistas que aspiran a dignificar su trabajo lo denuncian. El presidente del gobierno, don Sánchez, ignora a los medios cuando va de viaje oficial; don Iglesias, que no ha dejado de aparecer ni un día en la corrala de las redes sociales, no ha dado una sola rueda de prensa articulada en año y medio; a doña Arrimadas solo se la reconoce soltando soflamas de unos pocos segundos para no perder comba en el baile de los telediarios, y don Abascal, directamente, veta a los periodistas que se le antoja. Entretanto, los náufragos arrojan mensajes en una botella: doña Cayetana tiene un canal de youtube y don Felipe González inaugura su pódcast.

Un cartelón cubre la fachada de la sede del pesoe en esta remota provincia subpirenaica, con una imagen de la jefa local del partido y la leyenda, Imagina Navarra. El paseante votante se pregunta,  ¿y tú no vas a hacer nada? El lema es una invitación al enclaustramiento para teclear en el móvil las paridas que se te ocurren y leer las paridas de los demás. Agitar las patitas y mirar cómo las agitan tus congéneres es la actividad propia y residual de la mosca atrapada en la red. La mala noticia para la lideresa provincial es que tampoco ella es la araña, quizá por eso te deja sin más compañía que tu imaginación. Buena suerte y que dios te ampare.