Liberius lo anuncia con una leve sonrisa: ya me han vacunado. Hace frío en la terraza de esta primavera indecisa donde los vejetes celebran el café matutino. La sonrisa del vacunado es la del buscador de oro que ha encontrado la pepita después de más de un año hundido hasta la cintura en el barro de la pandemia. Es, no obstante, una sonrisa discreta, estoica, que transmite una íntima satisfacción pero no quiere aumentar la ansiedad de los contertulios que aún no han recibido la llamada salvífica del centro de salud. En el paisaje, la vacunación se ve como la batalla final, pero el resultado, por la parte que toca a cada uno, es incierto. La victoria es segura pero ¿a qué precio todavía? Los vacunados aún conservan la cara de pavor del ñu que ha escapado de las fauces del cocodrilo y mira a sus congéneres desde lo alto del ribazo a la otra orilla del río Mara.
Hemos vivido más de un año al minuto, con la esperanza de proa y la respiración literalmente contenida tras una mascarilla que ya forma parte de nuestra fisonomía. Cada mañana recibíamos la satisfacción provisional de sabernos erguidos sobre nuestras piernas, atentos a unas décimas de fiebre, una leve tos o un imperceptible malestar en la espalda. Nuestros amigos se habían convertido en potenciales enemigos y el entorno material del que nos servimos era la jungla donde se agazapa un mal ubicuo e informe. En las barandillas de las escaleras, en los productos empaquetados del súper, en el pulsador del ascensor vemos el brillo invisible y maligno del SRAS-CoV-2 y nos entregamos a rituales maníacos, propios de neurótico, gestos mecánicos, lavados de manos, frotamientos con ungüentos, huidas ante nuestros semejantes. Durante un año hemos vivido en dos planos de la realidad. El inferior, el más cercano porque estaba pegado a nuestra piel, ha estado gobernado por el virus y ha determinado el pánico quietista de los viejos, la intranquilidad agitada y quejosa en la edad madura y la euforia dionisíaca de los más jóvenes.
Comparado con este plano inferior de la realidad, el superior es un tedioso y estridente guiñol. Los más de entre los personajes que lo pueblan ya eran tal como son antes de la pandemia pero hay uno, sin embargo, en el que se ha podido apreciar la erosión que el virus ha ocasionado en su imagen. Frau Ursula von der Leyen, la presidenta de la europaunida, pertenece al tipo de personaje público que irradia confianza, seguridad y empatía, reforzadas en este caso por una inocultable elegancia natural. El caso es que le ha tocado gestionar la logística de la vacunación continental y lo ha hecho con competencia manifiestamente mejorable, por decirlo suavemente. El paquidérmico ordoliberalismo alemán que gobierna la unioneuropea se ha visto asaltado y burlado otra vez por el neoliberalismo salvaje y tramposo que gobierna el mundo, y los acongojados europeístas hemos tenido que asistir a que los detestados brexiters ingleses nos den para el pelo en este negocio. Doña Ayuso, nuestra madrixiter cañí, ya ha tomado nota y ha pedido ayuda a Putin. Hay veces que el comunismo funciona.
P.S. Depués de escribir esta entrada, leo la noticia del grosero desplante protocolario del turco Erdogán a la presidenta Von der Leyen. Lo más notorio ha sido la pasividad y aquiescencia con que lo ha aceptado Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, que acompañaba a la presidenta. La Unión Europea está sobrada de instituciones regulatorias y contradictorias y falta de una autoridad única y reconocida y de unos valores que conjuguen la decencia y la eficacia. Necesitamos algo más que vacunas, aunque estas sean la prioridad.