Los dispositivos móviles transmiten la consoladora sensación de que llevamos el mundo en el bolsillo. Una pastilla luminiscente de 15×7 centímetros y unos milímetros de grosor contiene nuestros afectos, esperanzas, divertimentos, servicios útiles, canales de comunicación, brújula, linterna, calculadora, enciclopedia y, en general, toda la impedimenta que podemos necesitar y todo el paisaje que queremos ver. Este artefacto mínimo nos convierte en el rey del universo. Al mismo tiempo también en un náufrago que contempla en la playa de la isla en la que vive los pecios de cachivaches arrumbados por el avance técnico. Y, como un robinson, se pregunta: ¿hay algo en esa cacharrería que sirva para algo? La mayor parte de estos despojos es material inerte: libros, mapas, discos de vinilo, casetes, y también impresoras en dos dimensiones, ollas, aspiradoras, lámparas y otras herramientas domésticas sustituibles por sus sucesoras inteligentes. Sin embargo, alguno de estos chismes aún respira, bien que como un pez fuera del agua, y emite un sonido agónico, inoportuno… y amenazador. Es el teléfono fijo.

Los más viejos del lugar podemos recordar sin esfuerzo el anhelo por la instalación de un teléfono de línea fija en casa. El monopolio de telefonía era lento, arbitrario, incompetente, hasta que un día, digamos a principios de los años sesenta del pasado siglo, instalaron una cabina pública en la placita  frente al portal de casa desde la que aquel adolescente quiso llamar a la que creía su primera novia. Con el dedo índice aplicado en la rueda de marcación iba abriéndose camino a través del mágico número telefónico de su amada hasta que, carcomido por la timidez y la vergüenza, fue incapaz de marcar el último dígito y en este estado de zozobra y duda le sorprendió la urgencia de otro vecino que aporreaba la cabina preguntando con grandes aspavientos si pensaba seguir ahí toda la tarde. Cuando te has criado con el deseo de un teléfono fijo en casa y lo has conseguido, te parece un artilugio eterno, insustituible por nada mejor. Aquel adolescente, ya adulto, pensó cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles que solo serían útiles para los viajantes de comercio. Y sin perder esta mentalidad arcaica, se ve ahora con un smartphone o como se llame en el bolsillo.

El teléfono fijo sigue ahí, en la proverbial mesita del rincón de la sala de estar, rodeado de agendas, listines y libretitas de notas que nadie consulta, y sonando, dos, tres, cuatro veces al  día, a menudo a horas arbitrarias, demasiado temprano por la mañana,  o a la hora de la siesta. Diga. En el otro extremo de la línea pueden oírse dos tipos de réplicas: una especie de gorgoteo, como de máquina que no arranca, o voces que preguntan por ti melosamente. Es una experiencia inquietante oír tu nombre en todos los tonos del español de América o con sonoridad eslava, de voces que indagan, ofrecen, proponen, sugieren  productos y servicios que no has solicitado ni siquiera imaginado, algunos delirantes como la oferta de inspeccionar el colchón en el que duermes. Tanta asechanza, y tan cercana, alimenta la inquietud, la ira, la paranoia. Interrumpes la comunicación, miras alrededor y empiezas a ver al teléfono fijo como la imperceptible grieta en el muro por el que penetran las cucarachas, o las ratas, y te echas a la calle, donde las gentes parecen felices, mascarilla mediante, y absortas en conversaciones consigo mismas a través del móvil. Si hemos de ser vigilados, mejor que los vigilantes sean Zuckerberg, Gates, Bezos o cualquiera de los nuevos emperadores de la galaxia que esos cutres residuales que llaman a través del teléfono fijo.