Envejecer es parecerse cada día más a tu propia caricatura. El carácter de los individuos puede definirse mediante unos pocos trazos dominantes. En la infancia, los trazos son difusos, apenas perceptibles; en la juventud y la madurez, cuando el individuo está obligado a bracear contra las circunstancias para hacerse un lugar en el mundo, esos trazos son flexibles y operan como muelles, poleas, palancas y otras herramientas de la física mecánica, para quedar congelados en la vejez, cuando el mundo es indiferente y el individuo está solo y ensimismado. Entonces, los trazos del carácter se muestran nítidamente, despojados de la elasticidad que tuvieron y el tipo queda convertido en su caricatura. 

La serie televisiva The Crown es una caricatura de la familia real inglesa, y su eficacia narrativa reside en que trata de una institución mineralizada y ensimismada, un fósil aprisionado en un paisaje histórico cambiante. No hay otro modo de enfocar sus cuitas sino a través de la caricatura. Los intérpretes ni siquiera se parecen físicamente a los personajes que representan, pero los muestran mediante unos pocos ademanes o tics inmediatamente reconocibles y que los hace verosímiles al público. Cada capítulo de la serie da noticia de un incidente de los royals, conocido por el público porque en su día lo reflejaron los medios y cuya trama interna los guionistas desarrollan libérrimamente.

Por lo demás, la producción está exquisitamente cuidada, las tramas cautivan la atención y el mensaje de conjunto es verosímil, lo que no quiere decir que sea veraz. Un sesudo artículo de The Guardian, reproducido en la prensa española, advierte que las licencias de guión de la serie son tan peligrosas como la desinformación y da noticia de varios hechos inventados por los guionistas en la última temporada. El autor del artículo afirma  que la validez de series basadas en ‘hechos reales’ solo se puede fundamentar en la veracidad de su contenido. Tenemos que asumir que se ajustan a lo que pasó en realidad, de lo contrario ¿por qué estamos perdiendo el tiempo?

La respuesta a esta última pregunta es sencilla: para distraernos. La tele entretiene y todo lo que aparece en ella es una representación más o menos impactante de la realidad, incluido lo que cuentan los telediarios. Los telespectadores aceptan las reglas del juego. Las monarquías son representaciones de sí mismas, y nada más: en las recepciones, los desfiles, los posados ante la prensa, lo que los súbditos ven son imágenes destinadas a provocar en ellos emociones, preferiblemente de adhesión, pero el estado de ánimo de los receptores del mensaje puede cambiar al albur de la circunstancias y una predisposición favorable transformarse en hostil, o a la inversa. Esta trémula situación en la que se juega la credibilidad de la monarquía británica es lo que cuenta la serie y donde radica su gancho.

La obsesión por las llamadas fake news preanuncia una especie de puritanismo comunicacional que no solo constriñe la libertad de expresión sino que recorta el campo de comprensión de la realidad. Dicho esto, hay que dar la razón al periodista de The Guardian cuando dice que sería pertinente advertir al público que estos artefactos basados en hechos reales son ficciones. No hace tanto que esta advertencia aparecía rutinariamente en producciones de cine y televisión para evitar reclamaciones judiciales de quienes se vieran retratados en ellas, un arma que tal vez no está al alcance de las casas reales. Servidumbres de vivir en otra galaxia.