Estos días de confinamiento otoñal resultan ingrávidos; el tiempo parece detenido y urgente a la vez, y el espacio, infinito y compacto. Respiramos con la cabeza enfundada en una escafandra y nos llegan destellos y ecos de una actividad febril en el exterior, protagonizada por un virus. Es como si habitáramos ese satélite español que se ha perdido en el espacio por una mala instalación de los cables. En algún punto de la realidad chisporrotea una caja de fusibles averiada. La gente a la que quieres está como tú o peor, flotando en su propia órbita, quizá tan cerca como a la vuelta de la esquina pero en todo caso muy lejos en la atmósfera tóxica que nos envuelve. Y en estas, llega una señal reconocible, el último libro del amigo José María Conget, una gavilla de cuentos bajo el título Juegos de niñas.
Las prosas de Conget son un hábito que no querrías perder, así que cada libro nuevo es una buena noticia, no solo por el placer que depara su lectura sino por lo que tiene de nudo de un cordel que viene de más de cuarenta años atrás. Nadie como él, a juicio de este lector, disecciona mejor las terminaciones nerviosas donde residen los sentimientos y las actitudes que los sentimientos estimulan, su carácter equívoco, tornadizo y a menudo contradictorio, que convierte la existencia más anodina en un juego de azar o en una montaña rusa. Conget desvela, como si de las capas de una cebolla se tratara, las sucesivas imposturas, bien que involuntarias o instintivas, con que enfrentamos la realidad, y cómo esta termina por dejarnos desnudos e inermes.
En este volumen es manifiesto el humor, singularmente en los cuentos que protagonizan escritores, cuyas industrias y andanzas lindan con el ridículo, y en algún caso resultan descacharrantes. Diríase que el autor ha querido ajustar cuentas con los aspectos menos nobles de su oficio pero, independientemente de esta intención, si la hubiera, nada agradece más el lector de ficciones que una buena carcajada de vez en cuando. El cierto desapego que el narrador exhibe en estos cuentos de escritores desaparece en los demás relatos, cuyos paisajes de fondo son la familia, la adolescencia, la vejez, la infancia. Aquí la narración se abre paso a través de la urdimbre de peripecias anodinas que moldean la experiencia de gentes del común para descubrir en ellas un sentido que de alguna manera las hace inmortales. Son historias contadas sin acidez, con ternura incluso, que a su término revelan una vida aceptada en los términos que han sido dados. Una obra de madurez, como diría un crítico, y un escritor en plena forma. Y un conjuro contra la pandemia.
P.S. Los libros de José María Conget los edita Pre-Textos, una editorial seria y comprometida con la buena literatura en tiempos difíciles, con la que es momento de solidarizarse ahora, que una maniobra comercial quiere arrebatarle el fondo de la poeta Louise Glück, reciente premio Nobel de Literatura.