Para Eulogio Gil Aristu, in memorian
La ilustración que encabeza esta entrada cuelga desde hace un montón de años de una pared del cuarto de trabajo y cada vez que la miro su inocente insolencia de mañana de domingo emite un guiño de simpatía. El autor es Eulogio Gil Aristu al que despedimos el pasado jueves para siempre. Su fallecimiento inesperado y temprano ha sido un mazazo para los suyos, y la onda del golpe nos ha alcanzado a quienes le conocimos y tratamos, en mi caso en numerosas ocasiones a través de su hermano José Luis, el amigo Quirón de esta bitácora. Una joven vampiresa absorta en la lectura del periódico de la extinta Organización Revolucionaria de Trabajadores. La abuela que hay en casa satisface la curiosidad de sus nietas diciéndoles que es un retrato suyo de joven, explicación que las pequeñas aceptan resignadas e indiferentes. Un historiador del arte diría que la viñeta es un vestigio de la fantasía sesentayochista tomado de una historieta de Milton Caniff.
La muerte no solo desgarra sentimientos sino que se lleva consigo fragmentos de una época y una historia común que no por pasada merece el olvido. Eulogio fue hijo de una familia campesina que migró a la ciudad a la llamada de la industrialización; creció y moldeó su conciencia del mundo en la cadena de montaje y cuando fue despedido en la primera crisis industrial buscó en el azaroso sector de servicios -hostelería y distribución- para encontrar al fin su lugar como encuadernador, en una tarea en la que, además del sustento, pudo tener autonomía empresarial y desarrollar habilidades en artes gráficas para las que estaba particularmente dotado y en las que se entrelazan la utilidad, la precisión y la elegancia. En los anaqueles de la biblioteca que comparto con la joven lectora hay varios volúmenes que dan noticia de la solidez y finura que Eulogio aplicaba a su trabajo. Fue un tipo laborioso, de trato franco y jovial y su existencia fue una lucha por la emancipación, que en la clase trabajadora significa reencontrarse con el producto de su trabajo, del que puede decir que es fruto de su esfuerzo y de su ingenio, liberado de la alienante condición del taylorismo industrial. Sin duda, es ese mensaje el que tiene atrapada la atención de la joven lectora.
En los rituales funerarios hay una línea infranqueable que nos separa de quien se va. En el crematorio de esta ciudad, la divisoria está representada por una cortina azul noche que se abate tras el féretro y deja solos a los vivos, tan contundente y seria como un golpe de ataúd en tierra del poema de Antonio Machado. Las ordenanzas de la anómala normalidad impidieron que los asistentes entráramos en el recinto y en el atrio exterior atendimos la conmovedora elegía que Quirón dedicó a su hermano y el lamento de su hijo Asier. Al poco, se elevó sobre el tejado la fumarola, asombrosamente liviana y breve, y en unos segundos diluida en el aire limpio y seco bajo el cielo azul de esa mañana. Eulogio habita ya el frágil laberinto de la memoria de quienes le conocimos. La lectora impedirá que esta se desvanezca.