La lógica militar exige que entre el estado mayor y la clase de tropa haya una distancia infranqueable, que ambos estamentos coexistan en órbitas paralelas y lejanas, con funciones, hábitos, deberes y celebraciones distintas y distantes. El destino de la clase de tropa es morir o sobrevivir, aleatoriamente, en la guerra. A los generales del estado mayor no les espera este albur. Están lejos de la línea del frente y bien protegidos, por lo que si les alcanza un proyectil será por excepcional mala suerte, y si son hechos prisioneros, gozarán de privilegios de trato y estarán eximidos de las penalidades infligidas a los reclutas. Muy mal se tienen que dar las cosas para que sean encausados y menos condenados por crímenes de guerra y otros delitos concomitantes a su desempeño bélico.

Nos dicen que la desasosegante lucha que mantenemos con la pandemia no es una guerra, y formalmente es cierto, pero la lógica militar y en gran medida el lenguaje que la define son los instrumentos que sirven para entenderla: zonas de riesgo, confinamiento, toque de queda, distancia preventiva, artilugios de lucha bioquímica, daños colaterales y miles de heridos y de muertos completamente reales. En esta lógica es perceptible el abismo entre el estado mayor y  la tropa. No había terminado el ministro de Sanidad de aleccionar a la tropa –y también de coaccionarla- para que se quede en casa y evite la promiscuidad que se da en bares y demás ocasiones de holganza cuando salió disparado con otros compañeros de gabinete y la plana mayor del principal partido de la oposición a un fiestorro. Solo hay dos circunstancias en que gobierno y oposición celebran una tregua y dan muestras de inquebrantable camaradería, cuando acuerdan subirse el sueldo y tomar una copa a cargo de un pagador que no sea su propio bolsillo.

En esta ocasión, la fiesta la promovía un diario que dirige el que quizá fuera el principal manipulador informativo de lo que ahora se llama el régimen del 78, al lado del cual don Inda en un neófito. De modo que, además de saltarse las prevenciones sanitarias exigidas a la población, los políticos del bipartidismo reprodujeron obscenamente uno de los actos que ilustran el contubernio de las élites político-mediáticas característico del régimen créese que declinante. Qué impulso lleva a los políticos a hacer, sin solución de continuidad, lo contrario de lo que predican es un misterio de la naturaleza humana y también de la estructura de nuestra democracia.

El ministro Illa, que parece un buen tipo, se ha apresurado a pedir perdón por el desliz y con la característica condescendencia de quién no da mayor importancia al malestar provocado, ha dicho comprender las reacciones de la ciudadanía pese a que en la fiesta se cumplían todas las medidas de seguridad. Pero ¿no es esto último lo mismo que dicen los propietarios de bares y discotecas obligados a cerrar por ley? Nada hay más estúpido y sospechoso que una autoridad política pidiendo perdón por sus actos. En este país debería ser un delito desde que el rey fugado dijo aquello de, lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. ¿Se había equivocado? ¿y de verdad no volverá a ocurrir?

P.S. No se debería desestimar la posibilidad de que la fiesta fuera urdida por don PedroJota para poner en evidencia al gobierno. Hay precedentes y los socialistas en especial deberían estar escaldados.