Detlev Rohwedder recibió de su gobierno el encargo de privatizar quince mil empresas de propiedad pública y demoler aquellas que no fueran de interés para el mercado. En conjunto, la totalidad del parque industrial de un país oriental desvanecido, cuyos territorios se habían incorporado a la federación occidental. Rohwedder estuvo en este empeño tres meses, al frente de un tinglado administrativo llamado La mano tendida que llevó al paro a casi un millón de trabajadores y se ganó el odio unánime de la población afectada; después, fue asesinado. Dos disparos realizados con un arma de largo alcance desde un parque al otro lado de la calle donde vivía le impactaron mientras trabajaba en su despacho particular.
Tres rasgos del crimen llamaron de inmediato la atención. Primero, que un personaje de tanta relevancia pública no tuviera protección policial y las ventanas de su casa no estuvieran protegidas por cristal blindado; segundo, la eficiente precisión de los autores, y por último, una cierta teatralidad en el escenario desde donde se habían hecho los disparos y donde presuntamente se encontraron, una silla de playa, una toalla, los casquillos de los proyectiles disparados y un comunicado reivindicativo del atentado firmado por una organización terrorista histórica y obvia de la que nadie sabía quién formaba parte en aquel momento. Las pesquisas se dirigieron de inmediato a ese grupo, sin éxito. Más tarde, se contempló la posibilidad de que la autoría fuera debida a antiguos miembros de la policía política del país desvanecido, que se habían quedado sin empleo, sin pasado y sin futuro, pero la pista, si la hubo, quedó en vía muerta.
Entretanto, en la calle, los ciudadanos consultados sobre el crimen respondían con un encogimiento de hombros que podía interpretarse entre la indiferencia y la satisfacción, mientras se celebraban masivas manifestaciones de protesta contra La mano tendida. Un cabello en la toalla encontrada en el lugar del atentado se identificó como perteneciente a un terrorista fichado, que fue localizado y cercado por la policía; en el curso de la acción, se desató un tiroteo en el que el terrorista resultó muerto. Rohwedder recibió un entierro de circunstancias. Las manifestaciones de protesta se disolvieron como el jabón en el agua al sentirse asociadas con los objetivos de un crimen perpetrado bien por un grupo terrorista o por la detestada policía política del pasado. La sustituta de Rohwedder en el cargo cumplió el objetivo de su antecesor sin contratiempos. El asesinato, ocurrido el uno de abril de 1991, sigue impune.
La historia se ofrece en una mini serie documental de la plataforma netflix (el ala bajo la que los pandémicos metemos la cabeza). El relato es hipnótico, no tanto por los detalles del hecho cuanto por el contexto en que tiene lugar. Diríase que el asesinato de Rohwedder es el mcguffin de una historia colosal, que ha determinado el presente de Europa y quién sabe si también su futuro. Alemania, el país que dirige la unioneuropea, no se unificó sino que una de las partes deglutió a la otra; las clases dirigentes del sistema vencedor impusieron a sus esperanzados compatriotas recién llegados las mismas reglas draconianas que años más tarde impondrían a los países que accedieran a la unión. La clase obrera fue disuelta y el vacío lo ocupó un discurso nativista, xenófobo. Los brindis de los capitostes de la época –Helmut Kohl al frente- por la patria alemana unida son simultáneos al fin de las manifestaciones de los desempleados, confundidos por la autoría de un crimen que se atribuye a entidades surgidas de la cultura de izquierda: el terrorismo o la policía política. En el país donde se desmanteló la industria a beneficio de los grandes consorcios multinacionales y se abolió el socialismo ha medrado el populismo neofascista. ¿Les suena?