La realidad orbita sobre nuestras cabezas como el meteorito aquel que vieron los dinosaurios, ustedes dispensen la reiteración. Es un tic. En el curso de estas órbitas distantes y distintas, alguno de los astros emite un destello que nos avisa de que la armonía cósmica no es tal, diga lo que diga el pensamiento esotérico, que vuelve a estar en plena forma con la pandemia. Esta madrugada hemos descubierto que la fusión de Bankia y Caixabank se ha bloqueado; lo que parecía un hecho hace unos días resulta que es un proceso y está estancado. La causa, tratándose de bancos, es obvia: los acordantes no se ponen de acuerdo en la valoración de los respectivos activos, lo que es determinante en el reparto de poder y de riqueza entre los pactantes cuando alumbren la nueva entidad.

Bien, para entender de qué va la cosa hay que empezar recordando que la llamada fusión no es propiamente tal sino la absorción del pequeño por el grande. El pequeño es Bankia, que se vio repentinamente beneficiado en bolsa por el anuncio de la fusión; las acciones, y en consecuencia el valor del banco, incrementaron un tercio su valor en las primeras horas. Los jugadores del parqué decidieron hacer efectivo -a los grande: 33%- el beneficio esperable sobre la acciones cuando lo sean de una entidad mayor. La bolsa es el callejón del Gato de la economía, y cada día pone a sus frecuentadores ante un espejo deformante de la realidad, cuya imagen es aceptada sin pestañear por quienes se ven reflejados en ella. Pero, una vez más, cuando se trata de altas finanzas, la mano invisible que dicen que gobierna la buena marcha del capitalismo se ha perdido en la bruma de los intereses privados y ha habido que llamar al gobierno, cuya autoridad, en este caso, es menos por gobierno que porque es el propietario de Bankia. La ministra doña Calviño es la dueña formal de la entidad en la que el estado tiene una participación mayoritaria de más de sesenta por ciento.

Así que podemos imaginar qué debe hacer doña Calviño: aceptar una rebaja del valor del banco absorbido para hacerlo apetecible al banco absorbente. Téngase en cuenta que este, y otras primadonnas de la ópera financiera española, están acostumbradas a devorar a sus competidores menores al precio de un euro. Lo que quiere decir que, cuando la operación culmine y el estado recupere en su caso el capital público que sirvió para rescatar al banco pequeño este será notablemente inferior a cuando se desembolsó. En alguna parte de la constitución española hay un artículo que dice que el estado es incompetente en la dirección de las finanzas nacionales y debe renunciar a ella en aras a la libertad de mercado, y que si fuera menester deberá desprenderse de sus participaciones públicas al precio que convenga al comprador privado. Para eso han llamado a la ministra doña Calviño.