La clase media, el campo donde se dirime el triunfo o la derrota electoral. O clases medias, en plural, como suele decirse para significar que nos referimos a una agregación de grupos sociales definidos por rasgos dizque comunes y que abarcan a la sociedad entera. Todos somos clase media, o fingimos serlo, entre dos minorías insignificantes: los muy, muy ricos y los muy, muy pobres, ambos excéntricos, ininteligibles e inasimilables para los valores del común. Las clases medias viven aterrorizadas entre ambos polos. El de arriba las ignora y el de abajo las inquieta. La clase media ocupa un hábitat en el que el tejado y el suelo son de cristal. Arriba, ven a los ricos inalcanzables y abajo, a los pobres amenazadores. Pero vivir en una casa de cristal es un pesadilla impregnada de ansiedad y vergüenza, como la de caminar desnudo por la calle. En esas estamos.

La campaña mediática propagada en estas semanas sobre la okupación de viviendas quiere ser el antídoto de esta pesadilla de clase media. La vivienda no es un derecho, como predica la constitución, sino el signo por antonomasia de pertenencia, de ser alguien en el vecindario. Pero, ¿qué pasa cuando las urgencias del mercado alteran la realidad y ponen en jaque la legalidad y la respetabilidad que la legitiman? Aumentan los desahucios y aumentan, en muy inferior medida, las ocupaciones, la mayor parte de las cuales afectan al parque de viviendas acumulado por los bancos por efecto de las hipotecas impagadas. ¿Es un problema social? No. ¿Es un problema psicológico para las clases medias? Sí. ¿Es una oportunidad electoral? También. La okupación de la vivienda en la España actual es el equivalente a la neurosis sexual en la Viena de Sigmund Freud. En ambos casos es una dolencia propia de una clase social y de una circunstancia histórica. Y el gobierno de don Sánchez, como Freud entonces, ha propuesto una terapia para ganarse a ese electorado, como Freud se ganaba a los vieneses a los que no les faltaba de nada excepto entender por qué no conseguían un poco de sexo satisfactorio.

La instrucción anunciada por la fiscal general pare el tratamiento de la ocupación de viviendas promete ser una suerte de psicoanálisis, una cosa muy alambicada de la que el paciente sale perplejo porque no podría decir si está curado o no. Aquí, el okupa saldrá del proceso como entró: sin vivienda. El psicoanálisis fue un signo de distinción y la instrucción fiscal es una señal dirigida a los ciudadanos naranjos, que presuntamente representan a ese fragmento de la clase media que don Sánchez necesita no solo para aprobar los presupuestos, sino para ganar respetabilidad, aflojarse la argolla que le tiene echada al cuello don Iglesias y romper por fin la alianza circunstancial de las tres derechas. Los desahuciados okupas están llamados a una acción patriótica: la pérdida de sus viviendas ha ayudado a sostener la liquidez de los bancos y ahora servirá a la noble causa de la estabilidad del gobierno social-comunista. Win win, como dice la chavalería.