En memoria de Duli Casado

Esta mañana hemos asistido al sepelio de Duli, la vecina de nuestra madre durante más de medio siglo, a la que atendió y cuidó cuando fue necesario. Duli era una mujer de pocas palabras, trabajadora y servicial, también lo son su marido e hijos, y lo fueron sus padres, ya fallecidos. Buena gente obrera, inmigrantes castellanos de tres generaciones, que han vivido siempre en el mismo piso de protección oficial paredaño con el nuestro. En las pocas palabras de condolencia y reconocimiento que hemos cambiado con los familiares de Duli, su sobrina Arantxa recordaba con recuperado regocijo las tardes de su infancia pasadas en nuestra casa bajo la afectuosa tutela de nuestra madre. Para el hijo de la aludida eran recuerdos perdidos, si alguna vez los tuvo en la memoria. Ha sido una mañana de verano precoz, dominada por el sol y la extrañeza, como las primeras páginas de El extranjero de Camus.

El coronavirus no ha sido la causa del fallecimiento de Duli pero la pandemia ha convertido la muerte en una estadística y a la vez en un hecho clandestino, y las restricciones legales derivadas del estado de alarma han reducido a menos de una veintena de personas el cupo de asistentes, enmascarados y reticentes al contacto. ¡Unas exequias sin abrazos! El acto ha sido aún más leve y transitorio que de ordinario, si cabe. El rutinario responso del preste ha tenido lugar al aire libre, lo que hacía gratamente inaudibles sus palabras, y luego el féretro ha sido conducido al interior del crematorio con el dubitativo acompañamiento de los familiares más próximos. En ese momento los dos hermanos hemos dejado el lugar y reemprendido el camino de vuelta a nuestros respectivos domicilios, intercambiando recuerdos más o menos compartidos.

Lo ocurrido esta mañana pertenece a un mundo inasible, fugaz, que cuesta creer que forme parte de alguna historia. Un grupo de personas unidas por tenues e ignotos lazos de afecto y circunstancias acompañan a otra hasta el umbral de la nada y luego se separan, cada una a sus asuntos. El boato de la ceremonia está reducido al mínimo: unas pocas flores, un féretro cerrado, un puñado de palabras consabidas y unos pocos testigos de aire entre grave y distraído. En la desnudez inerme de la escena está su instantánea grandeza. En cuanto a la inmortalidad que nos ha sido prometida por el preste, quizá esté en el chisporroteo de los recuerdos infantiles de Arancha en casa de nuestra madre, de la que ha dicho que era una mujer mítica.