Borrell cuestiona a los jóvenes que se movilizan contra el cambio climático (…) La UE y el Gobierno desautorizan a Borrell por ironizar sobre los jóvenes que se manifiestan contra la emergencia climática  (…) Borrell rectifica su crítica a los jóvenes por el clima tras ser desautorizado por la Comisión.

Tres titulares en cascada. Tres noticias persiguiéndose una a la otra como un bombero al fuego. Afirmación. Censura. Rectificación. Una versión macroscópica y de alta política del coloquial, abuelo, deja de decir bobadas. Don Borrell es a la política lo que Maradona al fútbol: una estrella al que la edad ha convertido en una enana marrón. El actual alto-representante-de-la-unión-europea-para-asuntos-exteriores-y-política de seguridad (faltan mayúsculas en la caja de imprenta para hacer justicia ortográfica al cargo) fue en tiempos un socialdemócrata rutilante, un intelectual solvente y sobradamente preparado, de discurso preciso y confiable y atractiva planta, que dimitió de su ambición de liderar el pesoe porque dos subordinados suyos en los tiempos en que fue ministro de hacienda fueron afectados por el coronavirus de la clase política española: la corrupción. Fue una dimisión a la europea, insólita en Celtiberia pues el dimisionario nada tenía que ver con el caso, y dejó una imagen impecable en el retablo de la memoria. Pero el reloj siguió dando la hora.

Durante su retiro de la política, el nombre de don Borrell saltó a la publicidad por un par de asuntos que chafarrinaron su aureola. El primero, extraño, es que había sido víctima de una estafa en un chiringuito de internet dedicado a la especulación con divisas. El segundo, por la venta de acciones de una empresa que quebró poco después, aprovechando información privilegiada. En su vida civil, el implacable e impecable socialdemócrata se revelaba como un especulador patoso. Volvió al candelero político frente al tsunami independentista de su país con más ruido que nueces. Vale la pena apuntar aquí una observación general: los paladines del españolismo en esta crisis –don Borrell, doña Arrimadas, el juez Llarena- aparecen sobreactuados e ineficientes y a punto están de hacer que parezca razonable la chifladura soberanista; hoy solo son héroes de la extrema derecha, cierra paréntesis. Don Sánchez nombra a nuestro héroe para la cartera de exteriores pero parece ocupado solo en lances imaginarios de la batalla de Cataluña.

Don Borrell ocupó cargos en la cúspide europea cuando era una estrella ascendente de una socialdemocracia que aún no anunciaba ruina y eso le convierte en un habituado a la atmósfera de la estratosfera política, donde se respiran gases de bajísima densidad que hacen al inquilino inaudible, así que, a la primera remodelación de su gabinete, don Sánchez le empujó a la nave espacial europea. Para la mayoría de los políticos, este destino conlleva una muy bien acomodada invisibilidad pero, genio y figura, don Borrell ha decidido arremeter a grito pelado contra la juventud y sus ambiciones medioambientales y ha demostrado que su torpor como operador financiero en el pasado ha contaminado de manera irreparable su nervio político. Y aquí llegamos al guión de este comentario. ¿Por qué un viejo acepta responsabilidades públicas en un mundo en el que está de salida y cuyo futuro ya no es el suyo?, ¿necesita pasta?, ¿no tiene suficientemente colmada su vanidad?, ¿quiere ajustar cuentas con alguien o con algo?, ¿vale la pena el intento a costa de un ridículo que arrastrará hasta la tumba? Misterios de la naturaleza humana.