El ateneo y la biblioteca de la remota provincia subpirenaica apadrinan un ciclo de charlas bajo el título de La democracia y sus enemigos, que coordina el profesor Daniel Innerarity, quizá  la estrella actual de la ciencia de moda, la politología. La segunda sesión del ciclo ha estado a cargo de José Andrés Torres Mora, catedrático de sociología, diputado socialista en cinco legislaturas y jefe de gabinete de Zapatero. Un representante genuino, pues, del llamado régimen del 78. En la introducción, el ponente comentó que se sentía muy a gusto con Innerarity  por la fecundidad de las conversaciones que mantenía con él y porque le unía una amistad de la que era prueba que el intelectual vasco le estuviera enseñando su receta de la tortilla de patatas. Los más viejos del lugar, que éramos mayoría en el auditorio porque estas charlas son eventos recreativos para la tercera edad, pudimos maliciar que quizá la receta del famoso clan de la tortilla, que gobernó España durante casi veinte años y en Andalucía durante cuarenta, era ya intragable. Torres Mora es andaluz y debe saberlo mejor que su público.

Ya en harina, el ponente emprendió un enfoque intrigante y desconcertante a la vez, pues dio una lección la antropología. Sus argumentos se ilustraban –power point por medio- con ejemplos del comportamiento de los primates, sesgos cognitivos, actitudes conductuales y otras nociones que competen a la neurología, la psicología y otras disciplinas que atañen a la evolución humana. En resumen, las deficiencias de la democracia están en ese espécimen incompleto que se cree muy listo y al que conocemos como ser humano. Los enemigos de la democracia, ¿somos nosotros mismos?

Diríase que la charla estaba dirigida a deflactar la sobrecarga de idealismo romántico que ha trufado el discurso rupturista de los años pasados. La verdad es que las fuerzas que lo abanderaron está colgadas de la brocha: los podemitas han aterrizado con suerte en un gobierno en el que están en minoría y maniatados; los ciudadanos naranjos, disputándose los chalecos salvavidas a la espera de no se sabe qué rescate; los indepes catalanes, sumidos en la dura tarea de sacar a su dirigencia de la cárcel y dar sentido al disparate que han perpetrado. Así que el régimen del 78 goza de buena salud si no fuera por el colosal absceso neofascista que ha invadido el parlamento, pero que, bien mirado, puede ser mano de santo para equilibrar a las demás fuerzas políticas. Estamos en el momento de cocinar una nueva tortilla de patatas y, una vez más, los huevos y la receta están en manos del pesoe.

Atención al anuncio de la reforma del código penal hecha por el gobierno de un país en el que la mitad de la sociedad quiere meter en el trullo a la otra mitad. La reforma tendría tres objetivos principales: uno, revisar a la baja las penas por sedición; dos, tipificar con claridad la agresión sexual eliminando el ambiguo tipo del abuso, y tres, ampliar la tipología de los delitos medioambientales. Los tres objetivos están en la agenda de la mayoría parlamentaria que ha hecho posible la investidura, así que hay materia para el debate y el acuerdo. Pero el código penal tiene rango de ley orgánica, por lo que requiere el concurso de la derecha, o de una parte de esta, que tendrá así la oportunidad de hacer valer sus votos introduciendo la penalización de los referendos ilegales. Si este plan llegara a término, todos habrían salvado la honrilla y estaríamos en una reedición del consenso constitucional sin tocar la constitución. Hubo una frase célebre que acompañó a la tortilla de patatas de cuando entonces: el que se mueve no sale en la foto. Es un aviso para que no se equivoquen los quieran hacer rancho aparte. Atención al comportamiento de los primates.