Todos los colectivos que se echan a la calle para hacer visible su protesta se quejan de lo mismo: los recortes. Es la consecuencia de la sostenida e implacable devaluación de la riqueza del país ejecutada por el gobierno conservador de don Rajoy por mandato, sin apelación posible, de los capitostes de la unioneuropea y de ese gestor de nuestros sistemas políticos al que llamamos los mercados. Jubilados, sanitarios, enseñantes, etcétera, han experimentado una mengua creciente de recursos y una precariedad rampante. Las mismas razones son las que han llevado a manifestarse hoy a los habitantes de ese tópico que llamamos la España vacía. Se manifiestan los que aún viven en ese espacio, no los que lo han abandonado hacia las zonas urbanas en busca de mejores condiciones de vida, y lo hacen por la misma razón que los demás colectivos de la población: falta de inversiones y de servicios públicos. Pero en este caso el problema no resulta soluble con un puñado de medidas discrecionales: una carretera aquí, un centro de salud allá, una línea de autobuses en otra parte, etcétera. La despoblación del campo es consustancial al modelo económico y a los prejuicios culturales que trae consigo, por lo menos desde hace un siglo, y es un problema universal, lo que no debiera consolarnos.

En España, podemos situar el origen en la fallida reforma agraria que intentó la II República, abortada por la dictadura de Franco. Es imposible retener a la población sobre el terreno si se la despoja de la propiedad de la tierra y se la intenta mantener con salarios de hambre. En consecuencia, el despegue económico de los años cincuenta y sesenta se fundamentó en una brutal y masiva emigración inducida desde el campo interior a las ciudades de la costa o del extranjero, donde se afincaba la industria y el turismo. En la derecha española pervive una mentalidad terrateniente y ociosa que inspira sandeces como las que se han venido oyendo estos días según las cuales el remedio a la España vacía son los toros y la caza. En la medida que la democracia no cuestionó esta mentalidad ni alteró las condiciones estructurales que la hacían posible, el problema quedó al albur de su propia dinámica interna. La revitalización de algunas zonas rurales se ha producido con los excedentes de población y económicos de las zonas urbanas, en forma de ciudades dormitorio o de urbanizaciones de segunda residencia. Las poblaciones rurales son demasiado frágiles y vulnerables para generar crecimiento por sí mismas. La despoblación rural es uno de los efectos de la desigualdad sistémica, entre clases sociales y territorios. La fórmula mágica para atajarla no existe, que se sepa, pero intentarlo pasa por, un criterio más ecológico de la propiedad y del uso de la tierra, una actitud más abierta y prospectiva sobre la inmigración que habría de subsanar los déficits demográficos, y mayores inversiones, no solo sociales sino tecnológicas para la explotación sostenible del territorio. Demasiado para los políticos que se han dado hoy un baño de multitudes entre los habitantes del vacío.