La jubilación empieza a ser un estigma. Los jubilados son fácilmente identificables en las calles: caminan con determinación en ropa deportiva en su silencioso y tenaz combate contra el colesterol, la artrosis y demás desafecciones del propio cuerpo o visten como un pincel cuando se dirigen a alguna gestión, generalmente comprar el pan, visitar al médico para comprobar que sus constantes vitales siguen constantes o ir al banco para cerciorarse de que su pensión está a buen recaudo. En los intersticios de estas actividades, que no les dejan un minuto libre, se encuentran con vecinos más jóvenes que les preguntan con amabilidad, ¿qué tal estás? Entonces, el jubilado exhibe una sonrisa de oreja a oreja y una mirada chispeante que quiere ser de complicidad con su interlocutor para responder, “estupendamente, estoy jubilado desde…» (y aquí da en detalle los años, meses y días de despreocupada felicidad que viene disfrutando). En ese momento empieza el mal rollo. El jubilado advierte en la expresión de la cara de su interlocutor que la respuesta no ha tenido ni pizca de gracia. Si el interlocutor es prudente, devuelve una media sonrisa autocompasiva y, si es de carácter más desenvuelto, lo que oye el jubilado es un ligeramente desabrido, “pues a disfrutarlo porque a nosotros no sé si nos llegará”. La animadversión puede amortiguarse si el jubilado se hace acompañar de una nietica intrigada por las palomas del paseo pero desgraciadamente las nietas no siempre están disponibles para parar las tiradillas de las que es objeto su abuelo. Tampoco este el completamente inocente. No hay duda de que en su respuesta hay una traviesa voluntad de tocar las narices a su interlocutor laborante o, lo que es peor, desempleado. Por eso debe entenderse como una medida a favor de la paz social, la decisión del Gobierno de Rajoy de ocultar a los mayores de cincuenta años la previsión de la pensión que les espera. Además de yihadistas e independentistas catalanes, ya no faltaba más que tener en pie de guerra a los futuros pensionistas. Los dos primeros son riesgos manejables con un poco de verborrea y cierta habilidad en la gestión de los tiempos, en lo que, como es sabido, nuestro presidente es un maestro consumado porque actúa como si viviera en la eternidad. Pero, ¿cómo informar a un trabajador que lleva cotizando treinta años y aún tiene que cumplir media docena más de vida laboral, si la tiene, que al final le espera la miseria? ¿Hasta cuánto debe llegar la famosa mejora de la economía con la que Rajoy espera ganar las elecciones para que la transparencia sobre las pensiones no sea un problema de seguridad...
Guerreros vergonzantes
Menos de veinticuatro horas ha durado la machada del gobierno español de sustituir a los franceses en África central para que estos pudieran dedicar sus recursos militares en Siria. A nuestros estrategas, Mali les debió parecer un frente de segundo o tercer orden, con tanta arena de por medio, bueno para sacar pecho sin asomar mucho la cabeza, pero bastó el ataque terrorista en Bamako para que se arrugasen y donde dije digo digo diego, en uno de esos curiosos galimatías políticos, entre la mentira y las medias verdades, en los que se enfanga de vez en cuando nuestro ejecutivo, pero no su presidente porque este no dice nada. La derecha española piensa siempre con el morrión de los tercios de Flandes calado hasta las cejas. Luego, cuando disparan de verdad, se esfuman y no solo corrigen el presente y el futuro sino que incluso lo intentan con el incorregible pasado. En estos mismos días, una representante del partido del gobierno se desgañitaba en una tertulia televisiva para convencer a la audiencia de que España no participó [sic] en la guerra de Irak. El firme y extendido rechazo de la sociedad española a las intervenciones militares forma parte del consenso constitucional del 78, que tanto se jalea estos días y uno de cuyos componentes pudo resumirse así en su momento: nosotros votamos disciplinadamente a lo que nos digan y ustedes no bombardean más Gernika, Barcelona o Madrid (y por extensión, Kabul, Bagdad, etcétera, porque ya sabemos cómo terminó la guerra de Marruecos). El pacto resultó satisfactorio, a pesar del tropezón del 23-F, y, como dicen los constitucionalistas, se desactivó la cuestión militar. Los españoles sabíamos entonces y sabemos ahora que la única guerra que ha ganado el ejército en los dos últimos siglos fue la que libró contra su propio pueblo (1936-1939) bajo el mando de un puñado de generales africanistas. África es el lugar de los sueños de la derecha española, aunque la última derrota en ese continente (Sahara Occidental, 1975) fue una vez más vergonzante. Menos mal que Aznar, el jefe del tercio más heroico de los últimos cuarenta años, lavó la afrenta reconquistando un peñasco cercano a la costa de Marruecos del que hasta el nombre era apropiado a la nimiedad de la operación: Perejil. Las misiones humanitarias son un bálsamo para nuestras ambiciones militares frustradas porque nos permiten vestir el uniforme pero son irrelevantes en términos bélicos. El precedente fue la División Azul (entonces la misión no se llamaba humanitaria sino civilizatoria) y también se formó para fingir que participábamos en la guerra mundial a despecho de que Hitler no quiso conceder a Franco las posesiones francesas en el norte de África (siempre África en...
Lo que queda de aquello
¿Dónde estaba yo cuando murió Franco? Ya que ningún encuestador callejero me ha hecho la pregunta, me la haré yo mismo. Aquel 20 de noviembre fue jueves y llegué a las ocho de la mañana -medio dormido, como siempre después de una tupitina de una hora en autobús desde mi domicilio- a mi trabajo en el sótano de la librería Lecto de Madrid, especializada en economía, donde mis compañeros, de los que he olvidado su nombre pero de los que recuerdo con afecto sus caras y sus voces, ya celebraban la noticia con risas y comentarios, aunque no con champán. La mayoría de ellos eran afiliados del abigarrado partido comunista de la época y algunos, represaliados políticos y laborales, tenían buenas razones para el júbilo, al que me sumé por simpatía, aunque sin mayor conciencia de lo que había pasado y de lo que iba a pasar en adelante. Ni siquiera recuerdo haber visto aquel día el más tarde celebérrimo y moqueante anuncio de Arias Navarro, aunque quizás en algún momento he contado otra cosa. La experiencia y la conciencia discurren en tiempos distintos y la memoria se aprovecha de esta falta de sintonía para embellecer sus frutos. Hoy, la memoria del viejo se presenta deslavada y escéptica, así que puedo decir que yo no estaba allí y, si estaba, puedo decir que era otro. En cuarenta años, las metamorfosis y reencarnaciones que registra uno son poco menos que infinitas. Pero como zoon politikon, soy un hijo de la Transición, qué le vamos a hacer. Hoy, ese periodo constitucional está en fase terminal, aunque solo sea por razones biológicas. Tres de los líderes que protagonizarán las elecciones generales del próximo diciembre (Iglesias, Rivera y Garzón) no habían nacido en aquella fecha, y el cuarto (Sánchez) tenía tres añitos. Los cuatro representan el desconcierto y los anhelos de la nueva generación, con gran escándalo de los viejos del lugar, y solo del quinto en liza, precisamente el líder del partido que alberga en su seno el franquismo residual, puede decirse que estuvo donde había que estar hace cuarenta años. Otro que estuvo ahí, Rodolfo Martín Villa (81 años) y del que ya en los setenta se decía que desde que tenía veinte años no se había apeado del coche oficial, fue entrevistado ayer en un programa de televisión. Desde la muerte de Franco ha pertenecido el elogiado cogollo de políticos que trajeron la democracia. El entrevistador, un joven típico de la nueva generación, le recordó su condición de ministro del Interior del primer gobierno democrático y la impunidad de los torturadores bajo su mandato. El héroe de la Transición se vino abajo. Nunca me habían tratado así, vino a decir,...
Raqa raqa
En cierta tertulia televisiva, la conductora del programa consideraba hace un par de días intolerable que se comparase a las “pobres víctimas de París” con los efectos colaterales -¿entenderán el eufemismo los historiadores de dentro de dos siglos, si es que aún hay historia que contar?- de los bombardeos sobre el “nido de los terroristas” y, en consecuencia, la misma presentadora expulsó de la tertulia a una de las participantes que se mostraba vehementemente contraria a los bombardeos como respuesta a los atentados. Resultado del partido: terroristas islámicos, es decir, fanatismo político-religioso, 1; Voltaire, es decir, Europa, 0. La palabra nido evoca un lugar pequeño, recoleto, cálido y afectivo donde viven sus primeras semanas numerosas especies de la fauna de la tierra y aplicarlo a la ciudad de Raqa, que es la que se está bombardeando, no tiene más sentido que calificar a sus habitantes de ratas, arañas, piojos, serpientes o cualquier otra especie merecedora del exterminio. Raqa, de la que nadie excepto los estrategas militares sabe su ubicación en el mapa, tuvo hasta que empezó la guerra un millón de habitantes del que quedan en la ciudad la mitad. Podemos imaginar que una parte de la otra mitad está merodeando por las fronteras de la Unión Europea, lo que da una idea del esfuerzo fumigatorio que aún nos espera y que gestionarán Marine Le Pen et alii. Sobre el cielo de Raqa pasean aviones de bombardeo rusos, franceses, norteamericanos y sirios, cada uno con sus propios objetivos políticos y en consecuencia también militares. Un misil aquí y otro allá, todos inteligentes, claro. Los raquenses (¿se llamarán así?) escapan y no saben de qué, del mismo modo que nosotros bombardeamos y no sabemos por qué. En todo caso, la autoridad competente en la ciudad – militar, por supuesto, como diría Tejero- ya ha declarado el estado de sitio, como Hollande en París, y ha cerrado Internet, lo que sumado al corte de electricidad y agua, ha devuelto a la ciudad a la Edad Media. Quizás ese era el objetivo último de los promotores del califato, de modo que, por ahora, el viento de la historia les da la razón. En los buenos tiempos de la guerra de Vietnam, los estrategas del Pentágono se proponían explícitamente devolver al país a la Edad de Piedra, así que aún queda un buen trecho para seguir bombardeando Raqa, y no hay duda de que ganaremos esta guerra de fumigación, aunque solo sea por goleada tecnológica. Hoy, Vietnam es un país turístico y ese parece nuestro objetivo cuando bombardeamos Raqa: poder tomar copas en las terrazas de la metrópoli por la noche e ir a los países periféricos en vacaciones para hacernos un selfie...
El coro
Una prueba fehaciente de la repentización que rige la acción política es la imprecisión del lenguaje. Rajoy es consciente de esta flaqueza e intenta enmascararla proclamando obviedades y tautologías del tipo, “las decisiones se toman en el momento de tomarse”, en un tono circunspecto y meditado. Es el colmo de la pertinencia de las palabras al servicio de un significado vacío, y el público tiene que fijarse en el parpadeo de su ojo izquierdo para evaluar la fiabilidad del mensaje. Hasta donde tengo observado, este parpadeo se intensifica cuando la parla presidencial alude a un suceso aciago e imprevisto en su parsimoniosa agenda. La última vez, al declarar sobre la participación de España en la lucha antiterrorista desatada por los atentados de París. Pero es que Rajoy no va a ninguna parte; solo espera que las circunstancias le lleven al mejor puerto posible. Los demás políticos en liza sí están obligados a hacer propuestas, formular críticas y proclamar consignas, es decir, a batear el lenguaje para movilizar el voto y la opinión, y lo hacen con notoria despreocupación, a voleo, aquí te pillo, aquí te mato. De esta práctica resulta un surtido de sintagmas inanes –abrir el melón, líneas rojas, hoja de ruta, etcétera- que alguien suelta al aire y durante una temporada van dando tumbos por la plaza pública hasta que desaparecen sin que nadie los eche en falta. En el silencio retórico impuesto por los atentados de París y donde, como queda dicho, lo más claro ha sido el parpadeo involuntario de nuestro presidente, he vuelto a encontrar al fondo de la red, como un fragmento de morralla, no de metralla, uno de estos clichés, presidencia coral, de gran predicamento hasta hace cuatro días. La lanzaron a principios del mes pasado los portavoces de la CUP catalana para sugerir su fórmula de gobernación de la Generalitat. Viniendo de quien viene, lo lógico hubieran sido otros sinónimos: soviet, consell obrer y camperol, incluso asamblea constituyente perpetua. También podrían haber recurrido al más exacto y tecnocrático de presidencia colegiada. Pero, por alguna razón poética o sardanesca, prefirieron presidencia coral sin advertir del mal fario de su carga connotativa. La palabra coro tiene dos acepciones principales entre el divertimento y la tragedia, ya sea una agrupación de voces humanas para “cantar, regocijarse o celebrar algo”, como reza el diccionario RAE o un grupo de máscaras que advierten de la desgracia que le espera al héroe sin que este sea consciente del peligro. Por lo que llevamos visto hasta ahora, el coro ha cumplido en Cataluña ambas funciones: divertimento para unos y desgracia para...
El carnaval
Ya hace algunos años que tuve un indicio de que el espejo podía romperse, o para decirlo con más claridad, que hay otro universo en el que los hechos pueden ser observados como parodia. Fue cuando le comenté a mi amigo Xabi, mi asesor en materia de redes sociales y otros líos, que había leído cierta noticia en El País, mi diario habitual, y me replicó: yo también la he leído en Menéame. Nunca había oído que hubiera una fuente documental llamada Menéame donde se pudiera leer algo pero, en efecto, es un sitio de Internet donde son los lectores los que eligen la noticia que les llama la atención y la llevan a primera plana, como se decía en el periodismo de antaño, según el número de meneos que recibe, y en consecuencia crean aleatoria y asambleariamente la realidad que se les antoja. Hoy, este sitio es un clásico de internet, igual que El Mundo Today, que también me mostró Xabi, donde se informa de una realidad paralela completamente absurda pero inquietantemente idéntica a la que vivimos. Los viejos debemos comprender que este universo paralelo replica con extraordinaria celeridad los hechos y lo hace en clave paródica, tan intensa que disuelve la realidad misma. El radiofonista Carlos Herrera es un viejuno típico, en el que años de oficio han nutrido un narcisismo del que probablemente ni siquiera sea consciente y tuvo la tonta idea de emitir una autofoto junto a las flores y velas de condolencia dejadas por los parisinos en uno de los lugares del atentado. Pues bien, antes de que cualquier moralista o semiólogo pudiera decir una palabra sobre esta ocurrencia, en Internet ya habían brotado un sinfín de réplicas de este selfie en las que la misma imagen del radiofonista aparece junto a iconos, se llaman así, creo, del siglo XX, desde la bomba de Hiroshima a El rey león. La cosa no ha parado ahí y ya son todas las estrellas del periodismo televisivo español las que han sido burladas por su postureo informativo desde París. El término mismo, postureo, tiene un sentido derogatorio, letal, respecto a la actividad de estos periodistas, del mismo modo que el obispo que oficia una liturgia es negado por su máscara en la fiesta de carnaval, y el carnaval irrumpe cuando la desconfianza hacia la realidad que se nos ofrece se ha vuelto insoportable. Yo mismo, aquí estoy todos los días, probándome un disfraz tras otro para participar en la...