Lo que interesa de la opinión pública sobre determinado asunto ha dejado de ser su carácter unánime, mayoritario o marginal, según los casos, y lo que mola es que sea transversal. Es la nueva topografía de la alineación política. Nada de las compactas masas de la era industrial y de los erguidos individuos que las formaban a paso de marcha y al son de los metales. Olvídense de eso. Ahora la gente forma redes, cadenas, saltos y escraches, nódulos y plataformas, núcleos que irradian y periferias que absorben, a través de calles y barrios, arriba y abajo de la escala social, reptando entre generaciones, a la sombra de innumerables banderitas, pegatinas, iconos y logotipos de ocasión (nada de símbolos trascendentes) para penetrar mansamente, como el polen primaveral, en las entretelas germinales de la decisión política. La historia ha dejado de ir rectilíneamente hacia alguna parte que los de mi edad llamábamos progreso y ahora está trabada por numerosas ideas y pulsiones transversales que, a vista de pájaro o de zoom de Google Maps, más parecen una maraña que otra cosa. Es la democracia por aspersión. Hoy mismo se ha producido un cortocircuito al contacto de la línea recta y la transversal, que se pretendía amistoso y ha terminado en una aparatosa descarga eléctrica. El líder de Podemos ha descalificado sin contemplaciones al de Izquierda Unida que menesterosamente buscaba su alianza: “Que se queden con la bandera roja y nos dejen en paz. Yo quiero...
La opinión de dios
¿Qué piensa dios de lo que está pasando? No lo sabremos nunca aunque en el muro de la parroquia junto a mi casa han desplegado un cartelón donde puede leerse que dios no apaga nunca el móvil ni se va de vacaciones. Sin duda es porque no necesita ni lo uno ni lo otro: el móvil es un engorro y las vacaciones solo son para quien trabaja. Pero, si bien no podemos conocer su opinión directamente, sí nos llega algún eco a través de lo que piensan sus vicarios en la tierra: los banqueros. No creo que haya ningún creyente, por imaginativo y entregado que sea, que dé por supuesto que dios es más fuerte, más poderoso, más hermético, más arbitrario y más vengativo que un banquero. Por ejemplo, Francisco González, el jefazo del BBVA, al que entrevistaron el otro día en una emisora nacional. El entrevistador se mostró tentativo y cauteloso, como quien intenta abrir una caja fuerte de la que no conoce la clave, y el banquero ofreció a media voz su visión del país y dio su diagnóstico -ya se sabe, más reformas, es decir, más empleo precario, más despidos, más desahucios, más recortes de gasto público… -, y pasó revista a la plantilla de líderes que aspiran a presidir el próximo gobierno de España en la que hubo pocas sorpresas sobre quiénes son los bienaventurados y quiénes los réprobos. Del más luciferino de los cuatro aspirantes dijo que le gustaría encontrarse con él para explicarle cómo se crea empleo, quizás pensando en la fórmula utilizada para este fin de ocho años a esta parte. ¿Alguien cree que va a disminuir la demanda de camareros en la costa durante el periodo estival si Podemos llega al gobierno? En cuanto a los desahucios, esa obra de misericordia que los bancos ejercitan diariamente con quienes se han entregado al desenfreno financiero por encima de sus posibilidades, el banquero se mostró conforme en colaborar con la alcaldesa de Madrid para rebajar de diez a ocho la media de desahuciados. Aquí alcaldesa se ha comportado como el patriarca bíblico que pidió gracia para las ciudades condenadas si encontraba un justo entre sus habitantes, y ya sabemos cómo acabó la cosa. Los dos amnistiados por el banquero deben ser Lot y su familia. Entre nosotros, dios es un personaje...
Cada mañana
Cada mañana me asombro de lo viejo que soy. La reciente jubilación laboral y un razonable buen estado de salud fomentan una euforia que induce al espejismo de que tienes la vida por delante, pero basta un detalle accidental –el reflejo de la cara en el espejo, por ejemplo- para cerciorarte de que la mayor parte de la vida, y la más jugosa, ha quedado atrás. Sobre esta disonancia cognitiva afrontas la jornada. No tienes nada que hacer y las actividades se multiplican entre las manos. No tienes que ir a ninguna parte y recorres las calles a paso de marcha. No tienes nada que decir y peroras infatigable ante el primero que tiene el infortunio de encontrarte en una esquina. El viejo es un giróvago que zigzaguea en busca de la inexistente puerta que habría de devolverle al tiempo ido. Vive en un presente absoluto en el que espacio y el tiempo constituyen una sola dimensión. Los segundos del reloj son las partículas del aire que respira. Podría creerse en el paraíso si no fuera porque los segundos pasan rápido y el aire resulta insuficiente, y el pesado mobiliario de su existencia –los recuerdos de juventud, los consabidos adoquines que pisa en su paseo matinal, las películas que ve en la tele- está cubierto de una pátina de íntima...
Mis negocios
Vamos a ver, ¿para qué vas a estar en política sino para gestionar provechosamente tus negocios privados? “Tengo derecho a desarrollar mis negocios”, ha afirmado cierta diputada popular como última ratio para justificar la declaración de interés regional de la recalificación como regadío de una finca de la que es copropietaria, con el consiguiente aumento del valor del predio. La recalificación la ha resuelto su amiga, la presidenta en funciones de la región donde está la finca, unos días antes de dejar el cargo y, por supuesto, es legal hasta que un juez no diga lo contrario. Dicen que en lo que dura el último suspiro de un moribundo, su vida entera discurre ante sus ojos. De igual modo, los últimos días de los gobiernos salientes del PP describen con insoportable viveza una secuencia de todas las causas que les ha llevado a perder las elecciones (no se dejen engañar, las han perdido), entre las más notorias, 1) el amiguismo a todo trance, 2) la concepción patrimonial del gobierno, 3) la colusión de intereses privados y resoluciones públicas y 4) el descaro de la propia arbitrariedad. Como dijo en ocasión famosa otra diputada del partido aún en el gobierno: que se...
Banderas
Las banderas aún conservan su prestigio para nuestro cerebro reptiliano. En una sociedad en la que el individuo debe responder a infinidad de estímulos contradictorios y racionalizar procesos de una complejidad inimaginable para sobrevivir cada día, las banderas, esos trapos de colores elementales, mantienen intacta su calidad como señuelos de un inapelable código binario que arropa a los nuestros y expulsa a los otros. Para un político, la bandera es un hecho instrumental y hará suya la que considere que pueda concitar mayor adhesión en el público expectante. Así han debido discurrir el líder del PSOE y sus asesores de imagen para convertir la bandera constitucional en bandera de partido para la presentación de su inapelable candidato a las elecciones generales. El riesgo de esta apuesta está, no solo en la suma de adhesiones y rechazos que este gesto concite sino en que la bandera misma conserve en el futuro el exultante significado que se la ha querido dar en la pista del teatro-circo Price. Después de todo, es la misma bandera bajo la que un gobierno anterior, del mismo partido que ahora la hace ostentosamente suya, cambió la Constitución de la noche a la mañana tras recibir una amenazadora llamada de un grupo de banqueros. Así que, ardor guerrero, poco. Sin embargo, los asesores de imagen sabían lo que hacían: la sorpresa de la rojigualda y el runrún consiguiente ha permitido que pasara de rondón la insoportable vacuidad del discurso del...