Cada mañana me asombro de lo viejo que soy. La reciente jubilación laboral y un razonable buen estado de salud fomentan una euforia que induce al espejismo de que tienes la vida por delante, pero basta un detalle accidental –el reflejo de la cara en el espejo, por ejemplo- para cerciorarte de que la mayor parte de la vida, y la más jugosa, ha quedado atrás. Sobre esta disonancia cognitiva afrontas la jornada. No tienes nada que hacer y las actividades se multiplican entre las manos. No tienes que ir a ninguna parte y recorres las calles a paso de marcha. No tienes nada que decir y peroras infatigable ante el primero que tiene el infortunio de encontrarte en una esquina. El viejo es un giróvago que zigzaguea en busca de la inexistente puerta que habría de devolverle al tiempo ido. Vive en un presente absoluto en el que espacio y el tiempo constituyen una sola dimensión. Los segundos del reloj son las partículas del aire que respira. Podría creerse en el paraíso si no fuera porque los segundos pasan rápido y el aire resulta insuficiente, y el pesado mobiliario de su existencia –los recuerdos de juventud, los consabidos adoquines que pisa en su paseo matinal, las películas que ve en la tele- está cubierto de una pátina de íntima extrañeza.