La izquierda gestual

Posted by on Sep 18, 2015 in Miradas |

Hace un par de días, en el Congreso, un diputado de mi pueblo arrancó las hojas de la Constitución. Es la izquierda gestual, que finge haber alcanzado la tribuna de oradores impulsada por una ola revolucionaria cuando en realidad lo ha hecho por un acatamiento detallado del reglamento que emana de la Constitución misma. Es el gesto del niño malcriado que abofetea a su mami por un complejo de Edipo  irresuelto. En mi pueblo, por razones históricas, no hay izquierda digna de ese nombre pero nos gustan los gestos bravíos -de hecho, solo se nos conoce en el mundo por el encierro de los toros- y más si los gestos se hacen desde el púlpito. Para los de fuera (en mi pueblo nos gusta mucho explicar nuestras tradiciones) diré que la poca y afligida izquierda que había aquí fue arrasada en el verano de 1936 por un tsunami de clerical-carlismo que colonizó la provincia durante las siguientes décadas hasta formar una costra que ya es parte de nuestra naturaleza. En los años sesenta del pasado siglo, la industrialización de la provincia y el concilio vaticano coincidieron en el tiempo, lo que dio lugar a la eclosión del movimiento obrero y, a la vez, como los pastores están siempre al frente de las ovejas, también a una generación de curas y seminaristas rebotados y devenidos líderes de la izquierda. Una parte de ellos llegaron al poder provincial y, tal como habían aprendido de sus mayores de la congregación, pusieron la mano para recibir el óbolo y se dejaron corromper mansa y literalmente hasta desembocar en la cárcel en algún caso; la parte radical, o simplemente montaraz, de esta clerecía se apuntó al patriotismo étnico y formó un engrudo de carlismo-leninismo al que representa nuestro diputado (de línea trotskysta, lo que quiera que signifique eso). Pero no crean que es un subversivo o un incendiario; es un probo funcionario de la administración regional (emanada, por cierto, de la Constitución), que, después de cumplida la jornada laboral acude a sostener cívicamente una pancarta que proclama EZ. Ez a esto; Ez a lo de más allá.  El gesto teatral de nuestro diputado en el Congreso quiso ser un argumento a favor de la independencia de Cataluña, y un modo de reclamarla para sí y los suyos. La independencia, para un izquierdista del perfil de nuestro representante en Cortes, siempre en la brecha, es un excelente sucedáneo de otros objetivos imposibles y un paliativo para las interminables derrotas sufridas. Mientras se pregona, la independencia puede ser imaginada al gusto de cada uno; si se consigue, quizás nos nombren embajador en Copenhague o en La Habana y, si no se consigue, siempre tendrá la culpa...

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Disfraces de la tribu

Posted by on Sep 17, 2015 in Miradas |

En la hilarante telecomedia Bing Bang Theory, que cuenta las cuitas de una pandilla de jóvenes científicos en una universidad californiana, la comicidad brota del contraste entre su presunto altísimo nivel intelectual y la evidente inmadurez de sus reacciones emocionales. Estos jóvenes son forofos de los tebeos y gadgets de fantaciencia (me parece que se dice así) y entre sus aficiones más conspicuas está disfrazarse de personajes de aventuras galácticas en las reuniones sociales con los congéneres de su tribu, lo que no obsta para que tengan empleos estimulantes y muy bien retribuidos en el escalón más alto de la cadena trófica de nuestro ecosistema. Por alguna razón inversa pero sin duda relacionada, en mi pueblo (quiero decir, en todos los pueblos que conozco a muchas leguas a la redonda) nos disfrazamos de populacho medieval en cuanto suena el clarín de la fiesta: artesanos, malabaristas, tejedoras, cetreros, algún bufón, banderolas y pendones en las fachadas y, si el evento lo vale, no faltará un rey y una reina, un obispo, un pregonero y heraldos con sus bocinas. En los tenderetes, almendras garrapiñadas, quesos y chorizos, abalorios, todo artesanal, es decir, de calidad mediocre y elaboración esforzada. Por qué, entre las innumerables alternativas de un viaje en el tiempo, elegimos por diversión el regreso a una época en la que vida era corta, desagradable y brutal (Hobbes dixit) -y aromatizada por el fiemo (añado yo)- es un misterio de nuestra naturaleza. La tradición, es la respuesta que acude de inmediato a la punta de la lengua. La tradición es un concepto muy versátil y tanto puede significar que es tan reciente que podemos recordar cuando no existía, o tan antigua que la llevamos a cuestas como una joroba, pero en general puede traducirse por impotencia. La tradición lleva a los vecinos de Tordesillas, que no pertenecen a una especie inferior a la de los científicos californianos, a convertirse en una horda durante un día al año. El festejo es pura barbarie ejecutada con una mezcla de arrogancia y vergüenza. Diríase que Tordesillas lo necesita para existir como comunidad vecinal, para estar en el mapa, y al mismo tiempo necesitan mantenerlo en secreto, incontaminado de las miradas exteriores. Estos rasgos le dan el carácter de un crimen ritual. Pudo verse en el rostro excitado y aturdido del ejecutor de este año, al que por algún arcano de la norma que rige la matanza le negaron del reconocimiento de su gesta, es decir, lo proclamaron un chapucero, un matarife sin estilo. El tonto del...

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Refugiados

Posted by on Sep 16, 2015 in Miradas |

Ese vaivén de encuentros en la cumbre, palmaditas en la espalda, sonrisas forzadas, declaraciones elusivas y acuerdos inconclusos que constituyen la liturgia de la gobernación de la desunida Unión Europea es muy tedioso y fastidioso en todos los casos pero, en esta ocasión, con decenas de miles de refugiados al otro lado de la alambrada, resulta siniestro. Europa es una potencia débil y fragmentada, este es el mensaje que destilan los desacuerdos sobre cuotas de acogida, cierres de fronteras y excusas cicateras que los gobiernos europeos exhiben estos días ante el mundo. Un principio es cierto: el país que acoge inmigrantes con generosidad y sentido de la justicia es un país fuerte, que confía en sí mismo tanto o más que lo que confían en él los inmigrantes mismos. La inmigración es siempre un factor de prosperidad para el país receptor. Otra cosa es que sus estructuras políticas y económicas estén anquilosadas o sean raquíticas, atrasadas e inoperantes y sus dirigentes carezcan de imaginación para aceptarlo y de coraje para superarlo. En 1939, la Francia que rechazó a los combatientes republicanos españoles que huían del acoso del fascismo y los recluyó en campos de concentración en las playas era un país podrido, que un año después se dejó conquistar sin lucha por los alemanes con un viejo héroe nacional al frente del gobierno claudicante. Mi interlocutor me señala con su dedo índice y una mirada chispeante y arroja lo que le parece el argumento definitivo para desconfiar de los peticionarios de asilo: esa gente que quiere entrar no son pobres, son jóvenes y tienen estudios. Exacto, ¿no es esa la clase de trabajadores que debieran querer las empresas? El problema es que no tenemos empresas. Vivimos en un país en el que existe o existía hasta hace poco una ley de beneficios fiscales en el impuesto de la renta para atraer trabajadores extranjeros cualificados de la que solo se han beneficiado las estrellas de fútbol, que además traen su propio equipo de asesores para optimizar los chanchullos fiscales. La miserable cicatería ante los refugiados y la dificultad para crear empleo son dos caras de la misma política y de los mismos responsables. Y el miedo xenófobo, cuidadosamente fomentado, no refleja más que nuestra propia inseguridad cultural, por decirlo finamente en el día del alanceamiento ritual del toro de...

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Disseny

Posted by on Sep 15, 2015 in Miradas |

Los países, o sus elites, producen las imágenes por las que quieren pasar a la historia. Es muy improbable que los cortesanos franceses de entre los siglos XVII y XVIII no fueran conscientes de la proyección histórica que significaban sus empingorotadas pelucas y sus fingidos lunares en la comisura de los labios. Las elites necesitan gustarse y, más que construir naciones, fabrican modas. Quiero decir que me confieso fascinado por la imagen de Raül Romeva, inequívocamente catalana e independentista: apostura grecorromana, cráneo rasurado, mandíbula firme y un mínimo antifaz de lentes graduadas (supongo) y fina montura de color pastel. Los mascarones de proa siempre representan los anhelos más íntimos de la tripulación perdida en el oleaje del vasto océano, sirenas con los pechos desnudos, feroces dragones marinos, santos milagreros. Pues bien, Romeva representa lo que quieren ser los catalanes independientes. Altos, cuadrados, eficientes y seductores, como alemanes del sur. La cabecera de cartel electoral que presenta Junts pel Sí es como el piso piloto de una urbanización para ser mostrado a los que buscan vivienda, o país, que es lo mismo. Romeva es economista, profesor, ex comunista, ecologista y alicatado hasta el techo. En Madrid hubiera sido inimaginable un candidato así. Madrid vive en la épica de la Restauración y la caspa galdosiana es parte de su glamour, así que sus modelos son el pequeño Nicolás, esa mezcla de Lázaro de Tormes y escolano del coro de San Luis Gonzaga, y Luis Bárcenas, que, para que no haya duda sobre su cosmopolitismo, exhibe en invierno un abrigo chesterfield que en las películas inglesas visten los hampones. Desde el Modernisme, los catalanes nos llevan una ventaja insalvable en el diseño. Hasta algo tan arcaico como una catedral es el colmo de la vanguardia en Barcelona (compárenlo con la Almudena). En este desfile de moda todo parece controlado. Los organizadores han tenido el pesquis de poner en cuarto lugar a Artur Mas, que, con tantos viajes a Madrid para darse de narices con la puerta del despacho de Rajoy, aún conserva el traje de corbata, completamente demodé, y se le han pegado esas mañas de la villa y corte que nos impiden saber a ciencia cierta si quiere salvar la patria o el...

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Campanas

Posted by on Sep 14, 2015 in Miradas |

Ahora mismo repican las campanas de San Miguel. La santa madre iglesia tiene conmigo la benevolencia de hacerme partícipe de sus júbilos y aflicciones, muertes y resurrecciones, llamadas y mementos, cuitas y recompensas, a campanazo limpio. La parroquia está ubicada al otro lado de la calle, en el barrio al que los malintencionados llaman, no sin razón histórica, zona nacional, y ostenta en su interior un apreciable retablo romanista, que fue tallado para la catedral y en el que, muy probablemente, nadie repara, en parte porque aún son más ostentosos los gigantescos carteles pastorales que cuelgan de la fachada con frases como “Jesucristo nunca apaga el móvil”. El templo y su entorno urbano es una invitación a la melancolía. El atrio ampliado por el ayuntamiento hasta ocupar la acera está poblado en horas de culto por la nutrida y conspicua clase media que ha heredado la fe con el apellido, la cuenta corriente y la casa solariega. Enfrente, una de las plazas más coquetas de la ciudad penitencialmente llamada de la Cruz –lo que revela su inspiración nacional-católica, como el templo, obra de un arquitecto de pistola al cinto- donde ensayan sus desafinadas plegarias, a voz en grito y con rasgueo de guitarras, grupos de cristianos catecumenales o evangélicos que pregonan estar tocados por la gracia en un encomiable ejercicio de autoestima, y que han elegido este lugar no se sabe si atraídos por el entorno urbano o directamente para hacer la competencia a la parroquia católica, como los tenderos chinos pujan por sobrevivir en este mismo entorno comercial, hasta ayer honra y prez del pequeño comercio tradicional de toda la vida y hoy devastado por la crisis. La comedia humana se completa todas las mañanas con la cola multiétnica de emigrantes pobres en la puerta de la oficina de beneficencia, el mercadillo solidario en la sala del antiguo cine parroquial, las industriosas mujeres afanadas con un largo gancho en los contenedores de basura y, en los bancos de la plaza, una pequeña cofradía de alcohólicos indigentes que ven pasar ante sus ojos el día y a sus pobladores. Y sobre este paisaje que parece un remake de la España de los años cincuenta, chinos aparte, la banda sonora: las campanas. Eufóricas, pendencieras, autoritarias, atronadoras como la voz del Sinaí. Cierta tarde era tan despendolado el repique que los transeúntes desavisados miraban a lo alto esperando ver el milagro o la catástrofe congruentes con semejante estruendo, o quizás, a Quasimodo enamorado de Esmeralda. Otra vez las campanas. Esta es una de las razones por las que no comparto el temor a una hipotética invasión islámica, que parece atenazar a nuestro ministro del Interior y a sus correligionarios. No creo...

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