Los países, o sus elites, producen las imágenes por las que quieren pasar a la historia. Es muy improbable que los cortesanos franceses de entre los siglos XVII y XVIII no fueran conscientes de la proyección histórica que significaban sus empingorotadas pelucas y sus fingidos lunares en la comisura de los labios. Las elites necesitan gustarse y, más que construir naciones, fabrican modas. Quiero decir que me confieso fascinado por la imagen de Raül Romeva, inequívocamente catalana e independentista: apostura grecorromana, cráneo rasurado, mandíbula firme y un mínimo antifaz de lentes graduadas (supongo) y fina montura de color pastel. Los mascarones de proa siempre representan los anhelos más íntimos de la tripulación perdida en el oleaje del vasto océano, sirenas con los pechos desnudos, feroces dragones marinos, santos milagreros. Pues bien, Romeva representa lo que quieren ser los catalanes independientes. Altos, cuadrados, eficientes y seductores, como alemanes del sur. La cabecera de cartel electoral que presenta Junts pel Sí es como el piso piloto de una urbanización para ser mostrado a los que buscan vivienda, o país, que es lo mismo. Romeva es economista, profesor, ex comunista, ecologista y alicatado hasta el techo. En Madrid hubiera sido inimaginable un candidato así. Madrid vive en la épica de la Restauración y la caspa galdosiana es parte de su glamour, así que sus modelos son el pequeño Nicolás, esa mezcla de Lázaro de Tormes y escolano del coro de San Luis Gonzaga, y Luis Bárcenas, que, para que no haya duda sobre su cosmopolitismo, exhibe en invierno un abrigo chesterfield que en las películas inglesas visten los hampones. Desde el Modernisme, los catalanes nos llevan una ventaja insalvable en el diseño. Hasta algo tan arcaico como una catedral es el colmo de la vanguardia en Barcelona (compárenlo con la Almudena). En este desfile de moda todo parece controlado. Los organizadores han tenido el pesquis de poner en cuarto lugar a Artur Mas, que, con tantos viajes a Madrid para darse de narices con la puerta del despacho de Rajoy, aún conserva el traje de corbata, completamente demodé, y se le han pegado esas mañas de la villa y corte que nos impiden saber a ciencia cierta si quiere salvar la patria o el chiringuito.