Hace un par de días, en el Congreso, un diputado de mi pueblo arrancó las hojas de la Constitución. Es la izquierda gestual, que finge haber alcanzado la tribuna de oradores impulsada por una ola revolucionaria cuando en realidad lo ha hecho por un acatamiento detallado del reglamento que emana de la Constitución misma. Es el gesto del niño malcriado que abofetea a su mami por un complejo de Edipo  irresuelto. En mi pueblo, por razones históricas, no hay izquierda digna de ese nombre pero nos gustan los gestos bravíos -de hecho, solo se nos conoce en el mundo por el encierro de los toros- y más si los gestos se hacen desde el púlpito. Para los de fuera (en mi pueblo nos gusta mucho explicar nuestras tradiciones) diré que la poca y afligida izquierda que había aquí fue arrasada en el verano de 1936 por un tsunami de clerical-carlismo que colonizó la provincia durante las siguientes décadas hasta formar una costra que ya es parte de nuestra naturaleza. En los años sesenta del pasado siglo, la industrialización de la provincia y el concilio vaticano coincidieron en el tiempo, lo que dio lugar a la eclosión del movimiento obrero y, a la vez, como los pastores están siempre al frente de las ovejas, también a una generación de curas y seminaristas rebotados y devenidos líderes de la izquierda. Una parte de ellos llegaron al poder provincial y, tal como habían aprendido de sus mayores de la congregación, pusieron la mano para recibir el óbolo y se dejaron corromper mansa y literalmente hasta desembocar en la cárcel en algún caso; la parte radical, o simplemente montaraz, de esta clerecía se apuntó al patriotismo étnico y formó un engrudo de carlismo-leninismo al que representa nuestro diputado (de línea trotskysta, lo que quiera que signifique eso). Pero no crean que es un subversivo o un incendiario; es un probo funcionario de la administración regional (emanada, por cierto, de la Constitución), que, después de cumplida la jornada laboral acude a sostener cívicamente una pancarta que proclama EZ. Ez a esto; Ez a lo de más allá.  El gesto teatral de nuestro diputado en el Congreso quiso ser un argumento a favor de la independencia de Cataluña, y un modo de reclamarla para sí y los suyos. La independencia, para un izquierdista del perfil de nuestro representante en Cortes, siempre en la brecha, es un excelente sucedáneo de otros objetivos imposibles y un paliativo para las interminables derrotas sufridas. Mientras se pregona, la independencia puede ser imaginada al gusto de cada uno; si se consigue, quizás nos nombren embajador en Copenhague o en La Habana y, si no se consigue, siempre tendrá la culpa el opresor y podemos ir detrás de una pancarta que proclame Ez.