La democracia es un proceso (con perdón) disruptivo entre lo que se desea, lo que se necesita, lo que se propone y lo que finalmente resulta. Y vuelta a empezar. Si algún particular comete la imprudencia de convertir esta sucesión de avatares en un itinerario personal, se encontrará con toda clase de obstáculos, trampantojos, bucles y tomaduras de pelo a cargo de los más variados agentes. Pero, por fortuna, este proceso es de todos, así que no es de nadie, y, como dicen en las películas de mafiosos, no es nada personal, solo negocios. En las elecciones –la fiesta de la democracia, según los cursis- de ayer, la sociedad catalana habló claro pero nadie sabe a ciencia cierta lo que ha dicho. Leo las ediciones en papel de los dos diarios de mi pueblo. El decano, españolista, titula “Los independentistas ganan en escaños pero pierden el plebiscito”; el joven, vasquista, proclama: “victoria de los independentistas”. Así es si así os parece. Los dos titulares son ciertos a condición de que sepamos qué significa exactamente independentista, plebiscito y ganar. Es lo que Wittgenstein llamaba ayudar a la mosca a salir de la botella. Pero lo que cuenta es que las clientelas de ambos periódicos captan intuitivamente el mensaje y se sienten tranquilizadas. La estabilidad de nuestro sistema político está garantizada por dos factores: la renuncia del electorado a la épica y la capacidad camaleónica de la clase política para permanecer en el machito con epidérmicos cambios al albur del entorno. Y lo hacen sin coste alguno. En las democracias que fingimos admirar, el perdedor de unas elecciones dimite, aunque como lo vemos por televisión y en países donde necesitamos subtítulos para entender lo que dicen, a lo peor no es cierto o es un programa pregrabado. El caso es que aquí, en vivo y en directo, no dimite nadie. Ayer, hubo al menos cinco fuerzas que pueden considerarse perdedoras porque obtuvieron resultados muy por debajo de sus expectativas y desde luego insuficientes para llevar a cabo su programa, incluida la lista mayoritaria, pero no se oyó ni una palabra de dimisión; al contrario, la negaban con vehemencia a preguntas de los periodistas más incisivos. Algunos ni siquiera se tomaron la molestia de comparecer ante la opinión pública. Las elecciones españolas toman como modelo la lotería de Navidad, en el que todos ganan, aunque sea lo puesto. A cierta edad, empiezas a comprender que eso es una ventaja. La clase política catalana tiene ahora siete u ocho semanas para hornear un acuerdo. Entretanto, los votantes de la fiesta de la democracia habrán vuelto al trabajo, si lo...
Un pronóstico
Entre la estúpida tautología del presidente Rajoy para el que “un vaso es un vaso y un plato es un plato” y la sonrisa ratonera del president Mas durante el penoso episodio de guerra de banderas en el balcón del ayuntamiento de Barcelona hay un amplio campo para el acuerdo. No es posible que Rajoy sea tan tonto como parece ni Mas tan astuto como se exhibe. Esto nos hace ser optimistas respecto a un futuro acuerdo en el negocio que los enfrenta y que tendrá el característico toque pastelero con que las elites de este país suelen adornar sus acuerdos, dejando a salvo su honor de enredadores y la posibilidad de volver a las andadas en cuanto se presente una nueva ocasión. Así que mala suerte para los maximalistas de ambos campos, pueblo embravecido por la causa, desde los que desean la intervención del ejército, a un lado, hasta los creen que la paradisíaca independencia está en el afilado perfil de su voto, al otro. Lo que se juega en las elecciones de hoy es si Rajoy y Mas van a seguir al frente de sus respectivos tinglados. El primero, para continuar su agenda de más recortes, precariedad y desigualdad social, y el segundo para lo mismo, pero en su propia finca y con la ciudadanía catalana rendida a sus pies. En este sentido, el imán mediático que ejercen los dos líderes nos han impedido atender a los bochornosos argumentos de la izquierda secesionista justificando los recortes en Cataluña como el efecto de la opresión de Madrid. Vamos a ver, si Cataluña no tiene cuajo para resistir el presunto mandato de unos recortes presupuestarios y se somete con tanta prontitud y diligencia al mandato de Madrid, ¿va a tenerlo cuando sea independiente y quien dé las órdenes sea Merkel o el FMI? Pero basta de subalternos. Ni a Rajoy ni a Mas se les oirá nada parecido, ni aunque sea sensato. Rajoy oculta su silencio estratégico tras unas tautologías para necios que tienen entretenida a la opinión mediática durante unos días y Mas ofrece sus mensajes a través de un repertorio gestual de cortes de manga, chistecillos para adeptos y sonrisas pour connaisseurs. De los argumentos, que se ocupen otros. Rajoy y Mas ya tienen bastante con cabalgar la ola en la esperanza de que sea el otro el que se estrelle. Ambos muestran similitudes inquietantes en su currículo: son segundones de la saga fundadora de sus respectivos negocios, que han heredado totalmente corrompidos en tiempos de aflicción económica, y ya se sabe el consejo jesuítico: en estos casos, no hacer mudanza. Este enroque en sus posiciones de partida es una cautela de viejos generales cobardones hasta ver...
Stephen Hawking
Puede decirse que Stephen Hawking es un optimista histórico. Forma parte del reducido grupo de personas a las que los pronósticos más inquietantes les provocan una sonrisa, aunque en su caso sea una sonrisa perenne, no necesariamente por su voluntad. Es la contrafigura de la moda: un sabio penetrativo y visionario en un océano plano de multitudes ignorantes y ágrafas, y un inválido físico total en una sociedad poblada de dinámicos urbanitas que corren al atardecer con la lengua fuera. Tiene todos los atributos de extrañeza y misterio para ser adorado como un fetiche. Pero sus hipótesis vuelan impulsadas por las mismas corrientes que compartimos todos desde que la ciencia ficción es un género literario: máquinas inteligentes que esclavizarán a sus creadores y se adueñarán del planeta, visitantes de otros mundos que acabarán con la especie humana y bizarros exploradores terrícolas que llevarán la semilla de la supervivencia a una galaxia remota. Los libros llamados de divulgación de Hawking son inaccesibles incluso para un lector medianamente entrenado pero, cuando resume sus pensamientos a la mínima expresión -lo cual en él es una exigencia de la naturaleza, jamás podrán acusarlo de prolijo-, no solo le entendemos sino que compartimos su sonrisa con un autosatisfecho “eso ya lo decía yo”. En efecto, ¿quién no ha pensado en salir pitando de casa a otro planeta, digamos, una playa en el Caribe? y ¿quién no ha sentido la insidiosa presencia de alienígenas en una cena de Navidad o en una reunión de antiguos alumnos? En cuanto al dominio de las máquinas, ahora mismo lo estoy experimentando. La divulgación es la jubilación de la ciencia, y por extensión de cualquier esfuerzo humano; el punto donde mengua la curiosidad y la osadía hasta extinguirse; el umbral tras el cual te has convertido en el abuelo Cebolleta y eres patrimonio de toda la familia. “Estás muy bien”, “tienes un aspecto inmejorable”, si eso oye un tipo que aún posee en razonable buen uso sus piernas y manos y su cabeza presenta aún pocos agujeros, ¿qué no tendrá que escuchar el que está inmóvil en una silla de ruedas desde su juventud y, a pesar de ello, es uno de los más reputados científicos del mundo? Larga vida a Stephen...
Pasado y futuro
Los viejos vagamos por la Red como un ciego, por itinerarios cortos, lineales y reiterativos, y apoyándonos titubeantes en webs conocidas y previsibles. Y, como a cualquier ciego, se nos hurta buena parte de la belleza del universo. Ya no hablamos de las profundidades abisales de Internet donde los que saben dicen que se encuentra un maravilloso mundo fosforescente e ingrávido, sino de zonas accesibles a poco que se posea una pizca de curiosidad pero que ignoramos por una mezcla de desdén y temor. Son precisamente las páginas de la Red que visitan nuestros hijos y de las que se nutren. Es decir, ofrecen una representación del mundo seguramente más vívida, más común y menos decadente que la que poseemos sus padres. En esta ocasión, como en otras anteriores, el lazarillo ha sido mi amigo Xabi, que me ha llevado a una web de contenidos bizarros y esquinados, entre los que me hace observar uno en especial: la aventura de un joven matemático de brillante currículo académico, doctorando en su especialidad, creador de software para diversas aplicaciones, que se gana la vida dando clases a universitarios y, un poco más allá, haciendo los trabajos de post grado y máster para los incompetentes. El reportaje relata una de estas suplantaciones, más compleja que otras, porque llevó al suplantador a cambiar la apariencia física – rasurado de cráneo y falsas gafas de pasta incluidos- para parecerse al suplantado en un examen de última oportunidad y obtener una nota suficiente pero mediocre para no levantar sospechas. La preparación se llevó a cabo en la casa del beneficario, bajo la competente dirección de la madre y tía de este mientras solícitas doncellas ofrecían al héroe pastas y dulces. Al término de la operación de maquillaje, las damas rezaron a la virgen santa para que todo saliera bien. Pero enlacen la web para leer la noticia completa, dejen este blog de jubilado y salten directamente al futuro, tal como lo ven nuestros...
Máquinas inteligentes
Hoy, la inteligencia se mide por su capacidad para engañar al Estado, es decir, para tomar el pelo a la sociedad entera. Es una inteligencia directamente aplicada al delito, hasta el punto de que pueden considerarse sinónimos. La experiencia nos legitima a preguntarnos cuántos delitos habrá cometido el juez, el banquero, el político, el catedrático, el delantero centro de nuestro equipo, el fabricante de buñuelos o el papa de Roma, para llegar a donde han llegado. Por extensión, una máquina inteligente es también la que engaña a los inspectores, clientes, usuarios y público sobre su verdadera función, vale decir, una tragaperras amañada o un motor diesel de Volkswagen. La inteligencia no consiste en resolver un problema que afecta a todo el mundo sino en crearlo sin que nadie en el mundo se dé cuenta. Los crímenes más interesantes son aquellos en los que la policía ve el resultado, porque es evidente, pero no comprende el método de ejecución. La inteligencia que lleva a una corporación automovilística a aplicar a sus vehículos un dispositivo electrónico que permite eludir los controles de emisiones de gases es la misma que lleva a un narcotraficante a pasar la droga por la aduana en el recto de un bebé. La tecnología no nos hace mejores, aunque sea alemana y esté avalada por Claudia Schiffer. Bien, descubierto el pastel, se ha levantado la consabida polvareda: bajan en Bolsa las acciones de la empresa, los gobiernos prometen una investigación a fondo, y la corporación anuncia el despido de su presidente (que, por cierto, ayer se resistía a dejar el cargo y apostaba por seguir en él, aunque arrepentido y con propósito de enmienda, como un político español, y dicho esto, ¿por qué debemos tanta pasta a los alemanes si son como nosotros?). No tardará en volver la normalidad. Las acciones subirán en cuanto los bolsistas vean que las multas a la empresa no han sido para tanto; las investigaciones a fondo concluirán en el informe de alguna comisión que no leerá nadie, y, en cuanto a la suerte del presidente, le encontraran un empleo alternativo y similar o, en el peor de los casos, le mandarán a casa con una indemnización equivalente a todo la masa salarial de todas factorías de la empresa. En esto, los alemanes pueden pedirnos know how; le mandaremos a Dolores de Cospedal para que les explique el finiquito diferido. Nuestro gobierno ha reaccionado al escándalo con preocupación porque el quebranto económico que las multas le supongan a la empresa pueda afectar a las inversiones de sus plantas en Navarra y Barcelona. Es la mentalidad del alcalde de una aldea siciliana que lamentó que los carabineros se hubieran incautado de un alijo...