Hoy, la inteligencia se mide por su capacidad para engañar al Estado, es decir, para tomar el pelo a la sociedad entera. Es una inteligencia directamente aplicada al delito, hasta el punto de que pueden considerarse sinónimos. La experiencia nos legitima a preguntarnos cuántos delitos habrá cometido el juez, el banquero, el político, el catedrático, el delantero centro de nuestro equipo, el fabricante de buñuelos o el papa de Roma, para llegar a donde han llegado. Por extensión, una máquina inteligente es también la que engaña a los inspectores, clientes, usuarios y público sobre su verdadera función, vale decir, una tragaperras amañada o un motor diesel de Volkswagen. La inteligencia no consiste en resolver un problema que afecta a todo el mundo sino en crearlo sin que nadie en el mundo se dé cuenta. Los crímenes más interesantes son aquellos en los que la policía ve el resultado, porque es evidente, pero no comprende el método de ejecución. La inteligencia que lleva a una corporación automovilística a aplicar a sus vehículos un dispositivo electrónico que permite eludir los controles de emisiones de gases es la misma que lleva a un narcotraficante a pasar la droga por la aduana en el recto de un bebé. La tecnología no nos hace mejores, aunque sea alemana y esté avalada por Claudia Schiffer. Bien, descubierto el pastel, se ha levantado la consabida polvareda: bajan en Bolsa las acciones de la empresa, los gobiernos prometen una investigación a fondo, y la corporación anuncia el despido de su presidente (que, por cierto, ayer se resistía a dejar el cargo y apostaba por seguir en él, aunque arrepentido y con propósito de enmienda, como un político español, y dicho esto, ¿por qué debemos tanta pasta a los alemanes si son como nosotros?). No tardará en volver la normalidad. Las acciones subirán en cuanto los bolsistas vean que las multas a la empresa no han sido para tanto; las investigaciones a fondo concluirán en el informe de alguna comisión que no leerá nadie, y, en cuanto a la suerte del presidente, le encontraran un empleo alternativo y similar o, en el peor de los casos, le mandarán a casa con una indemnización equivalente a todo la masa salarial de todas factorías de la empresa. En esto, los alemanes pueden pedirnos know how; le mandaremos a Dolores de Cospedal para que les explique el finiquito diferido. Nuestro gobierno ha reaccionado al escándalo con preocupación porque el quebranto económico que las multas le supongan a la empresa pueda afectar a las inversiones de sus plantas en Navarra y Barcelona. Es la mentalidad del alcalde de una aldea siciliana que lamentó que los carabineros se hubieran incautado de un alijo de droga porque, como consecuencia, ese año la mafia no le construirá el prometido polideportivo municipal y él no saldrá reelegido.
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