Japonerías

Posted by on Dic 15, 2015 in Miradas | 2 comments

Debo a mi admirado crítico literario Manuel Rodríguez Rivero el reciente conocimiento de la palabra japonesa tsundoku, que designa el hábito de comprar libros que se apilan a la espera de una ocasión para leerlos que nunca llega. No puede imaginarse Rodríguez Rivero la alegría que me ha dado saber que, por fin, tengo un rasgo de afinidad con la cultura japonesa. Hasta ahora, su impenetrabilidad era para mí no solo lingüística sino también conductual y todas las palabras que llegaba a aprender, seducido por el aroma evocativo de su fonética –seppuku, ikebana, sado, banzai, yakimono, origami, tamagochi-, me rechazaban apenas me era revelada su traslación a mi lengua porque todas, bajo su aspecto sosegado y ceremonial, denotan, bien destreza manual o bien coraje físico, cualidades ambas que me han sido rigurosamente negadas por la naturaleza. Entre elaborar un centro floral de mesa o una pajarita de papel y arrojarse a pecho descubierto contra el enemigo o abrirse las tripas en caso de derrota con una katana, eso sí, firmemente templada y primorosamente afilada, lo que nos devuelve otra vez a la destreza manual, se despliega un universo cultural que me resulta inalcanzable. ¿Estábamos condenados, los japoneses y yo, a no entendernos nunca? No, gracias al tsundoku. Rodeado de libros que esperan en los estantes, algunos desde bastantes años atrás, el momento de ofrecerme su sabiduría, ya puedo ponerme el kimono que compré también hace años en un comercio de Canarias como bata de casa sin sentirme un impostor. La biblioteca es el mapamundi de los sedentarios, guía de viaje, manual de supervivencia, almacén de vituallas, caja de herramientas y botiquín de urgencias, en los que como sabe cualquiera, sea o no japonés, siempre falta algo, un tornillo de determinado calibre, pastillas de ibuprofeno, pimentón dulce o el mapa de Chile, que hay que comprar en el establecimiento correspondiente. Venturosamente descubro que los japoneses no siempre están dedicados a ejercitar su habilidad fabril o su ardor guerrero sino que, en ocasiones, dejan que los ejerzan otros y gustan de sumergirse en la acariciante espuma de la letra impresa, que ni siquiera es necesario leer para que nos estimule. Un libro no leído es una promesa personal de felicidad y una biblioteca de libros intonsos es un planisferio del universo, además de una lección irrebatible sobre nuestra insignificancia en él, y sin embargo es acogedora como una tarde de verano, propensa a la...

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Disfraces

Posted by on Dic 14, 2015 in Miradas |

Como un rayo de sol que atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo, así discurre la campaña electoral dejando intactos los temas de la agenda política que debieran concernirnos como sociedad y como estado: economía, empleo, reforma institucional, organización territorial del estado, relaciones exteriores y seguridad, etcétera. Flotan como tropiezos en una sopa pero, fuera de alguna formulación genérica, llamada perezosamente idea fuerza, del tipo del “contrato laboral único” o “estructura federal del estado”, de las que nadie explica su alcance, ¿alguien podría decir qué distingue de manera neta y concreta a las candidaturas en liza?, ¿o qué nos espera después del 20-D, gobierne quien gobierne? Ignoramos incluso si habrá gobierno, a la vista de la experiencia de Cataluña o de Bélgica. Nuestro actual régimen nació de un accidente biológico –la muerte de Franco- y sus artífices lo construyeron para garantizar en primer término su perdurabilidad y, a ser posible, su inmutabilidad. El bipartidismo, que ahora rechaza la población más joven, también fue fruto de otro accidente sobrevenido: la implosión del partido de los post franquistas repentinamente devenidos demócratas, que en 1982 permitió el acceso al poder a los socialistas renovados, que ya no eran socialistas. De modo que, en cada mutación del sistema, las fuerzas emergentes tienen que bregar, y a la postre pactar, con el exoesqueleto institucional del estado, que es la constante de la ecuación y que incluye, no solo un sistema electoral desigual e injusto que prima a partidos grandes, cerrados y opacos, sino una estructura económica del país patrimonial y antimeritocrática y un régimen de legitimación del poder basado en redes clientelares, por citar solo algunos rasgos evidentes de la atmósfera política que respiramos. En este clima, si las elecciones son la fiesta de la democracia, como dicen los cursis, la campaña electoral es la feria, y resulta inevitablemente un teatrillo en el que los mensajes se transmiten a través de los gestos y los disfraces de los actores sobre el escenario. La dificultad radica en encontrar el disfraz adecuado. Rivera ha elegido el de John F. Kennedy; Iglesias, el de Luke Skywalker; Sánchez, el más clásico, toque vintage, va de Felipe González, y, por último, Rajoy va de sí mismo. Ha rodado tanto en bolos electorales que sabe que el día después de las elecciones es igual que el día antes de la campaña, así que ¿para qué cambiar de traje? Rajoy está conectado con el macizo de la raza y cree saber que la sociedad nunca está lo bastante cansada de estar cansada y que, por más largo, atribulado, pútrido y tedioso que haya sido el periodo precedente, nunca se decide a dar el paso hacia otro...

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Clímax

Posted by on Dic 13, 2015 in Miradas |

Lo más bonito del acuerdo de la cumbre sobre el clima es lo contentos que parecían los capitostes que lo firmaron ayer en París. Hace unas semanas, en el mismo escenario, todo eran pésames, aflicción, velas encendidas, tambores batientes y dientes apretados, con toda razón, y ayer, saltitos, palmadas en la espalda, aplausos, abrazos, sonrisas de oreja a oreja e incontenibles lágrimas de alegría mejilla abajo, como bachilleres después de la fiesta de graduación. Fue un júbilo planetario asombrosamente escenificado pero, como decía mi abuela, tanta felicidad no puede ser verdad. Los objetivos definidos en la cumbre son modestos y practicables a escala local, entre otras cosas porque no hay compromisos vinculantes para las emisiones, pero cuesta creer que la especie humana, tal como la experimentamos actualmente, vaya a acometerlos al unísono. Si lo que vimos ayer en la tele tiene una brizna de verdad, quiere decir que los peatones de la historia vamos a dejar de hablar del tiempo para pasar a manejarlo. Hasta ahora, la humanidad ha domesticado la tierra que pisa; ahora se propone hacerlo con el aire que respira. ¿Podemos creer que será así en un mundo gobernado por la competitividad y el conflicto entre naciones, clases, culturas y niveles tecnológicos en el que todos aspiramos a vivir en el máximo grado de confort material posible?, ¿podemos volver a la pureza atmosférica del paleolítico sin renunciar a la calefacción, al agua caliente y al automóvil?, ¿podemos obligar a quienes no lo tienen a renunciar a ello en nombre de la salud de nuestros bronquios de fumadores? La buena noticia es que los firmantes del acuerdo de París, como antes el de Kyoto, del que nadie habla, han dejado el cumplimiento de los objetivos en manos de las estadísticas, así que nos esperan unos años de cifras comparativas, opiniones de expertos, quejas de ecologistas y anhelos de una nueva cumbre que arregle, de una vez por todas, el desaguisado climático. El día víspera de que cayera un meteorito en el golfo de México, ningún dinosaurio creía que faltaban unas horas para su extinción, y entonces, a juzgar por lo que nos cuentan las películas de Steven Spielberg, constituían la especie más inteligente sobre la tierra. Más cerca en el tiempo, ningún europeo que leyera la noticia de que un chiflado nacionalista había atentado contra el archiduque Francisco José y su esposa en Sarajevo pudo imaginar que al día siguiente se desataría la mayor carnicería internacional que había conocido el continente. Y eso que ambos fueron acontecimientos aprehensibles con los sentidos; imagínense qué conclusiones podemos extraer de fenómenos que no se ven ni se sienten (al menos, no todos ni al mismo tiempo), como el ascenso de...

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Casa de huéspedes

Posted by on Dic 12, 2015 in Miradas |

Un irreprimible malestar me invadía ayer al ver y escuchar a nuestro presidente del gobierno por televisión cuando daba su versión del atentado de Kabul. No podía apartar la mirada de su ojo izquierdo a la espera del parpadeo que le delata cuando pelea con la verdad. Esta vez, he de reconocerlo, no parpadeó, o yo no lo advertí, lo que quiere decir una de dos cosas: o que la versión que ofreció, cualquiera que fuese su grado de veracidad, ya que no de verosimilitud, le fue dada por su personal y se limitó a repetirla tal cual, pues es sabido la confianza que el presidente tiene en su gente, o que es más fácil corregir un movimiento reflejo de nuestro cuerpo que la causa que lo provoca. Porque, una vez más, Rajoy estuvo lejos de salvar su menguada credibilidad. El mensaje que enfatizó y repitió varias veces era que el atentado no había sido contra la embajada española en la capital afgana sino contra una “casa de huéspedes” aledaña. Casa de huéspedes es un término en desuso en castellano desde hace por lo menos medio siglo y designaba un piso ubicado en un barrio populoso cuyo propietario alquilaba las habitaciones a viajeros accidentales y a inquilinos de renta escasa. Es posible que a un personaje tan deliberadamente arcaico como nuestro presidente no le chocara la disonancia cognitiva que produce el término, pero lo que nos estaba diciendo es que la embajada española comparte espacio urbano con establecimientos que acogen a tratantes de ganado, representantes de comercio, maestros de escuela, refugiados sin papeles y traficantes al menudeo. Y, ¿por qué habrían de querer los talibanes atentar contra esos tipos? Lo cierto es que el atentado ha ocasionado dos víctimas mortales entre los agentes de seguridad de la embajada y ha provocado la evacuación de todo el personal diplomático. Como daño colateral en el objetivo de los talibanes contra la casa de huéspedes no está nada mal. Por bastante menos que eso, los americanos habrían mandado la VI Flota o lo que quiera que manden ahora. Rajoy tiene las maneras de un enterrador empeñado en consolar a la familia del difunto. Su discurso es siempre cauto, elusivo, apaciguador y a la postre mendaz. De algún modo recuerda al Zapatero de los últimos tiempos, otro monomaníaco, este del optimismo contra todo pronóstico. Zapatero y Rajoy, ambos empeñados en ocultar los hechos, comparten la circunstancia biográfica y política de ser epígonos del régimen de la Transición y es posible que el autocomplaciente narcisismo inyectado por González y Aznar a sus respectivas bases de seguidores haya derivado en sus herederos en una especie de delirio impotente. Zapatero, en su día, empeñado en alentar...

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Lenguajes y mitos

Posted by on Dic 11, 2015 in Miradas |

Después de un cuarto de siglo de empuñar gloriosamente la vara de mando, la derecha de mi pueblo fue derrotada en las pasadas elecciones regionales por un frágil acuerdo de cuatro partidos, un combinado de izquierdas, del centro al extremo, sin más en común que cierto tinte nacionalista y populista. A raíz de su desalojo de la poltrona, la derecha entró en shock y, a juzgar por la campaña que ha diseñado para estas elecciones generales, aún no ha salido de él. El mensaje nuclear no es la imagen del líder, ni un lema, ni ninguno de los reclamos estándar al que los sufridos votantes estamos acostumbrados sino un rosario de meditaciones, máximas, admoniciones o jaculatorias, que el paseante puede ver que se suceden en los carteles colgados de la farolas mientras se dirige ¿hacía dónde? No es lo mismo adoctrinar que educar, no es lo mismo sectario que plural, no es lo mismo paralizar que avanzar, no es lo mismo imponer que pactar, no es lo mismo aislar que conectar…, dicen los carteles. Hay algo de torturada introspección en esta letanía, como si los mensajes no fueran dirigidos a mover la voluntad del votante sino a iluminar su alma y, en una tierra tan espesamente clerical, es inevitable que evoquen la cuaresma. El diseño de la campaña puede parecer discursivo, aburrido, incluso extravagante, pero se dirige con precisión al sustrato cultural de sus votantes tradicionales, si su vista les permite leerlos, claro. Un viejito (como quien esto escribe) encuentra espontáneamente el ritmo de estos mensajes cadenciosos en otras salmodias alojadas en su memoria reptiliana: Jesús sentenciado a muerte, Jesús cargado con la cruz, El Cirineo ayuda al señor, La Verónica enjuga el rostro de Jesús, etcétera. Las elecciones como promesa de resurrección y la campaña electoral como evangelio salpimentado de moralina que enlaza el barrizal de la política con la imaginación mítica. No otra cosa, si bien en sentido contrario, hacen los emergentes cuando se invisten con la parafernalia de La guerra de las galaxias. Estos vienen de la imaginación mítica y pretenden aterrizar en la realidad. Las elecciones no son más que una pugna entre mitologías. Y el agosto de los...

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