Si puedo considerarme un ciudadano promedio, perora filosóficamente el detective, tengo que decir que la sociedad española hace meses que debe tener sobrepasados sus sistemas intelectivos y nerviosos en medio esta mierda en la que estamos todos hasta las trancas. El detective no está muy dotado, ya se vé, para la retórica fina pero tiene una olla a presión sobre los hombros y continúa: El esfuerzo que se nos exige, no ya para asimilar, ni siquiera para comprender, sino solo para explicarnos a nosotros mismos de una manera aproximadamente articulada lo que está ocurriendo, está fuera del alcance del más templado. Estamos de viaje en El jardín de las delicias, que ha hecho metástasis desde el Museo del Prado. Así que calma. Veamos lo último, por partes: 1) Una conversación del ministro de la polícía y del jefe de la oficina antifraude del parlamento de Cataluña en el despacho oficial del primero es grabada ¿es una conversación privada, oficial, rutinaria?, ¿despachan de oficio, por afición?, ¿quién lo graba?, ¿cómo lo hace?, ¿con qué fin? 2) La grabación se hace pública en un momento procesal cuando menos inoportuno para los intereses de los espiados, ¿quién la filtra?, ¿para qué? 3) El tono de la conversación grabada es premioso, coloquial, y parece delatar una colusión de intereses entre los interlocutores ¿son compinches de una banda?, ¿conspiran para delinquir? 4) El contenido de la conversación alude a los intentos de encontrar pruebas de fraude fiscal en personajes cercanos a dirigentes de la oposición, ¿para hacer qué? 5) El ministro de la policía afirma a su interlocutor, quizás para tranquilizarle, que el presidente del gobierno está al tanto de sus afanes, ¿hay una trama que empieza en el gobierno y se ramifica por instituciones del estado con fines extraoficiales e inconfesables? 6) El interlocutor del ministro habla de delegar en el jefe de seguridad de una empresa privada, del que dice que es policía, la fabricación de las pruebas incriminatorias, ¿incluye la trama a empresas privadas? ¿hasta dónde llega?, ¿qué gana cada uno en este negocio?. El detective estresado inicia las investigaciones y empieza por los directamente implicados. Primeras pesquisas: 1) El ministro del interior dice que la víctima es él; si bien aún no conocemos ni la naturaleza ni las dimensiones del delito, si lo hay, debemos aceptar que la víctima es uno sus perpetradores. 2) Su interlocutor, el jefe de la oficina antifraude (vaya cargo para alguien sorprendido en este negocio) afirma en una jerga carcelaria muy propia de un magistrado que él no se va a comer el marrón y que lleva siempre consigo un maletín con un surtido de las denuncias por fraude fiscal que llegan a su oficina...
¡Deja la lanza en su sitio!
Las palabras son el negocio de los escritores. Los mejores las crean; los otros enredan con ellas. Viene esto dicho a cuento de la reciente versión, adaptación o traducción -no sé como llamarlo- al español actual que Andrés Trapiello ha hecho de El Quijote. Es una empresa de la que no se entiende su objeto y semeja al intento de construir la catedral de Burgos con las pautas funcionales de la Bauhaus a cargo de un albañil aventajado. ¿Para qué convertir una diadema de joyas preciosas en bisutería? ¿Qué objeto tiene la invitación a los lectores a que declinen remontar el cauce de su idioma para bañarse en una piscina climatizada? ¿Para qué leer a Trapiello si se puede leer a Cervantes? Si se trata de adaptar la novela a la imaginación contemporánea, ya hay centenares de películas, series de televisión y tebeos a este fin. La huella del reautor (¿cómo llamar al que reescribe una novela que no es suya?) se advierte ya en las primeras líneas de la novela, que casi todo el mundo conoce de memoria, donde lanza en astillero traduce por lanza ya olvidada. ¿Cómo puede estar olvidado un objeto que se recuerda en el inicio mismo de la aventura y que es esencial para su desarrollo? Ni Cervantes ni su personaje han olvidado que en la casa hay una lanza, la cual, por ende, identifica la condición y la afición del hidalgo. En astillero significa de manera notoria que ocupa un mueble o armero donde se colocan las lanzas, lo que el diccionario de la RAE recoge como lancera, y si Cervantes hubiera querido dar a la expresión un sentido funcional habría escrito lanza en desuso, y si hubiera optado por un sentido figurado en jerga náutica podría haber escrito lanza en dique seco, lo que también implica al astillero. En desuso es vulgar y en dique seco es manierista y excéntrico, pero en astillero es una formulación a la vez precisa, misteriosa y evocadora, y sin duda común en su época, que ayuda al lector a sumergirse en la umbría del relato, precisamente lo que buscamos en un clásico. Tampoco adarga es exactamente escudo, como resume el enmendante, sino escudo propio de la caballería medieval, de tamaño mediano y ligero, redondo o acorazonado para proteger el tronco del caballero de la lanzada del adversario sin obstaculizar su visión en los duelos individuales. Y ya puestos, ¿por qué ha dejado el reautor que el rocín siguiera siendo rocín y no caballejo o simplemente caballo? Después de todo, Cervantes ya lo tilda de flaco y en ese caso la enmienda habría obviado una redundancia del original. He paseado por Internet en busca de razón a...
La encuesta
Una amable encuestadora me atrapa en el café de media mañana para someterme a interrogatorio con destino a un sondeo demoscópico encargado con dinero público por el parlamento de esta remota provincia subpirenaica. Todo indica que la encuestadora necesitaba a un sujeto de más de sesenta y cinco para completar la muestra. Hala, pues, vamos si hemos de ir. Los jubilados somos más bien de explicarnos largo y prolijo (que se lo digan al camarero del café, que asiste cada mañana a mis diálogos con Quirón con una sonrisa de oreja a oreja), así que me someto con impaciencia al cuestionario destinado a convertir mis opiniones, que es poco menos que mi entero patrimonio, a un código binario del que la computadora vomitará diversos porcentajes de intrascendente lectura. Pero la impaciencia se va convirtiendo en irritación al comprobar que la encuesta se dirige a conocer el grado de conocimiento, adhesión, simpatía, aquiescencia y lealtad del encuestado hacia los prebostes que han encargado el sondeo. ¿Conoce usted al líder fulano, mengano, zutano y perengano?, ¿sabe usted el nombre de la presidenta del parlamento?, ¿qué calificación de uno a diez le pondría al partido tal, al cual y al de más allá?, ¿sabe usted qué hace la institución A, y la B, y la C?, ¿cree usted que la situación política de este reyno es muy buena, buena, regular, mala o muy mala?, ¿y cómo cree que será el año que viene?, y por ahí seguido. Ni una sola pregunta sobre mis preocupaciones como ciudadano, ni sobre mi barrio, ni sobre la educación, que afecta a mis nietas, ni sobre la sanidad, que nos afecta a todos. En resumen, ¿qué hay de lo mío? Entretanto, el habla de la calle está ocupada en la retahíla consabida, el paro, los eres de las empresas, la tiendica de la esquina que echa la persiana, las listas de espera, las plazas en los colegios, los vecinos que no tienen para pagar el recibo de la luz, la carreteras cada día con más baches, ah, y también, hay que decirlo, del ascenso del equipo local de fútbol a primera división. Pero, ¿a quién le importa si la presidenta del parlamento se llama Ainhoa o Patxi? Ya terminamos, me advierte conmiserativamente la encuestadora. Pero la irritación alcanza un punto cercano a la ebullición ante la pregunta, ¿cómo se siente usted: pueblerino, vasco, español, europeo, pueblerino y vasco, vasco y español, español y europeo o de ninguna parte? Esta pregunta viene apareciendo en las encuestas de opinión que se hacen en este rincón de la península desde que el encuestado tenía pelo en la cabeza y desde mucho antes de que la encuestadora hubiera nacido, y tengo...
Lo que dicen los sabios
Leo en el periódico de referencia las opiniones de dos sabios. Uno dice: “Las campañas electorales han cambiado su naturaleza. Durante la época de los partidos de masas, los candidatos ponían el énfasis en el programa. Se votaba a aquellos que mostraban una propuestas programáticas más atractivas”. Y el otro: “Me horroriza la idea de que hay gente que vota a partidos con ideas simplistas. Son personas que piensan que pueden solucionar los problemas echando la culpa a los demás”. Los sabios han sido convocados en las páginas del periódico para orientar a los lectores en la niebla que nos envuelve en estos tiempos de cambio, pero ¿en qué planeta viven?, ¿dónde han visto que alguna vez se votara por el atractivo de las propuestas programáticas?, y ¿dónde que los partidos no exhiban ideas simplistas ni echen la culpa a los demás? Habida cuenta la experiencia, va a resultar que, después de innumerables elecciones en casi cuarenta años de democracia, hemos vivido en un camelo porque ni las propuestas programáticas eran conocidas por los votantes con suficiente detalle para saber si eran o no atractivas, ni los partidos se privaban de utilizar mensajes simplistas, ni el voto dejaba de dirigirse contra los que estamos convencidos de que tienen la culpa. Es curioso observar cómo, a fuer de reelaborar sus propios pensamientos, los sabios pueden creer que están inspirados por la realidad. En tiempos de cambio, como los que vivimos, es inútil buscar consuelo en la palabra de los sabios porque, en el mejor de los casos, resulta banal, y, en el peor, redundante. Con suerte, lo mejor que puede obtenerse de sus palabras es la musicalidad de la prosa, pero eso también se encuentra en la poesía, y de mayor calidad. Las grandes religiones, cuya pervivencia está acreditada, prescriben la plegaria y no el discurso, el canturreo y no la argumentación, como remedio a los males del alma. Nadie sabe lo que pasará mañana, de modo que lo que leemos como pronósticos del futuro no son más que diagnósticos del pasado. Las elecciones son una liturgia que pone en juego intereses materiales, pasiones públicas y algunos tics nerviosos, como el que agita el ojo izquierdo de Rajoy, pero nada nos dicen sobre lo que vaya a ser mejor o peor en el futuro. Tenemos razón con la papeleta del voto en la mano porque es un acto de voluntad, pero las perdemos -la razón, la voluntad y la papeleta- apenas las deslizamos en el interior de la urna. En el Reino Unido, han vuelto a las artes mánticas para descifrar el enigma del referéndum de permanencia en la Unión Europea. En las acreditadas casas de apuestas británicas, los apostadores...
De rojos y azules
El delgado, zigzagueante e invisible hilo del liberalismo español en la segunda mitad del siglo XX a través de la memoria de Dionisio Ridruejo.