Leo en el periódico de referencia las opiniones de dos sabios. Uno dice: “Las campañas electorales han cambiado su naturaleza. Durante la época de los partidos de masas, los candidatos ponían el énfasis en el programa. Se votaba a aquellos que mostraban una propuestas programáticas más atractivas”. Y el otro: “Me horroriza la idea de que hay gente que vota a partidos con ideas simplistas. Son personas que piensan que pueden solucionar los problemas echando la culpa a los demás”. Los sabios han sido convocados en las páginas del periódico para orientar a los lectores en la niebla que nos envuelve en estos tiempos de cambio, pero ¿en qué planeta viven?, ¿dónde han visto que alguna vez se votara por el atractivo de las propuestas programáticas?, y ¿dónde que los partidos no exhiban ideas simplistas ni echen la culpa a los demás? Habida cuenta la experiencia, va a resultar que, después de innumerables elecciones en casi cuarenta años de democracia, hemos vivido en un camelo porque ni las propuestas programáticas eran conocidas por los votantes con suficiente detalle para saber si eran o no atractivas, ni los partidos se privaban de utilizar mensajes simplistas, ni el voto dejaba de dirigirse contra los que estamos convencidos de que tienen la culpa. Es curioso observar cómo, a fuer de reelaborar sus propios pensamientos, los sabios pueden creer que están inspirados por la realidad. En tiempos de cambio, como los que vivimos, es inútil buscar consuelo en la palabra de los sabios porque, en el mejor de los casos, resulta banal, y, en el peor, redundante. Con suerte, lo mejor que puede obtenerse de sus palabras es la musicalidad de la prosa, pero eso también se encuentra en la poesía, y de mayor calidad. Las grandes religiones, cuya pervivencia está acreditada, prescriben la plegaria y no el discurso, el canturreo y no la argumentación, como remedio a los males del alma. Nadie sabe lo que pasará mañana, de modo que lo que leemos como pronósticos del futuro no son más que diagnósticos del pasado. Las elecciones son una liturgia que pone en juego intereses materiales, pasiones públicas y algunos tics nerviosos, como el que agita el ojo izquierdo de Rajoy, pero nada nos dicen sobre lo que vaya a ser mejor o peor en el futuro. Tenemos razón con la papeleta del voto en la mano porque es un acto de voluntad, pero las perdemos -la razón, la voluntad y la papeleta- apenas las deslizamos en el interior de la urna. En el Reino Unido, han vuelto a las artes mánticas para descifrar el enigma del referéndum de permanencia en la Unión Europea. En las acreditadas casas de apuestas británicas, los apostadores se muestran ligeramente a favor de la permanencia y lo mismo puede decirse de cierta carrera rural de gorrines en la que los corredores llegan a la meta por una u otra puerta para decidir el resultado; por lo visto, los lechones se inclinan unánimemente por la puerta decorada con la bandera azul de las estrellas doradas. Es todo lo que podemos decir sobre el Brexit; incluso es todo lo que puede decir al respecto el pomposo David Cameron.
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