El asunto es trivial pero da para el palique. El alcalde de Cádiz, de podemos, ha concedido la medalla de oro de la ciudad, qué menos, a la virgen del rosario, a petición de la orden de los dominicos y por acuerdo casi unánime del consistorio, salvo el voto en contra de izquierda unida, que así le va en las elecciones. Los que cacarearon largamente contra una concesión idéntica del anterior ministro de la policía, opusdeísta de nómina, a la virgen santísima del amor, se han quedado sin habla o, como en el caso de Monedero, se han entregado a una penosa melopea argumentativa de la que se deduce que la virgen acepta mejor las ofrendas de los pobres que las de los ricos, como ya sabíamos desde la catequesis. La piadosa acción del ministro del opus está a examen de los tribunales por si fuera inconstitucional. Una pérdida de tiempo. En este país no hay ni un solo referente simbólico reconocido y aceptado universalmente que no sea religioso, con la posible excepción de los equipos de fútbol, los cuales no reconocen la autoridad del fisco pero, apenas ganan un trofeo se apresuran a ponerlo a los pies del santo o de la virgen de turno, y la prima correspondiente en la caja fuerte de algún paraíso fiscal. El laicismo entre nosotros es un desiderátum imposible. Tenemos sobre nuestras cabezas a toda la corte celestial, y cortesanos y cortesanas, como corresponde a su condición de parásitos sociales, no cesan de reclamar ofrendas y tributos, y tanto mejor si son en oro. Kachi y los podemitas gaditanos nos van a librar de las cadenas del capitalismo pero no de los diezmos debidos a la virgen del rosario. Cuenta la leyenda que Hitler pensó que su aliado Franco era un despreciable estúpido cuando supo que había nombrado capitán general del ejército a la virgen de la fuencisla. Pues bien, Hitler terminó con un tiro en boca disparado por propia mano, rodeado de enemigos, quemados sus restos y aventadas sus cenizas, mientras que Franco murió tres décadas después en la cama, adorado por su pueblo y sostenido por las democracias de su entorno, y está enterrado en la basílica más ostentosa de Europa erigida por sí mismo para sí mismo. ¿Quién fue más listo? Aquí, la carrera política de cualquiera, sea de izquierdas o de derechas, tiene un rito de paso: asistir a la misa mayor el día de la festividad del santo, y pobre del que pretenda eludir este compromiso porque tiene los días contados en la poltrona. El alcalde de Cádiz, al que se le supone una robusta formación política, quizás haya recordado estos días el poema:

La Virgen del Baratillo,

sobre cuarenta costales,

sueña en la hoz y el martillo

para aliviar tantos males.

Déjame esta madrugada

lavar tu llanto en mi pena,

Virgen de la Macarena,

llamándote camarada.

El poema es de Rafael Alberti, también gaditano.