Café con leche de media mañana en un establecimiento que lo sirve con una cremosa cubierta de espuma y un insólito retrogusto a café de verdad. La gigantesca pantalla del fondo está sintonizada con el programa de informativos veinticuatro horas de la televisión pública. Dos noticias se alternan en una asfixiante cinta de moebius. En una, el fiscal general del estado expone su rostro de cemento para explicar que no había motivo para cesar a su subordinado fiscal anticorrupción –amigo de corruptos y distraído él mismo– pero que no ha podido evitar su dimisión. La imagen que destila la noticia es estremecedora: ahí está el fiscal jefe al borde del acantilado sin poder evitar que su subalterno inocente se lance al vacío, donde por cierto le espera un sueldo superior al del presidente del gobierno. Ya es una rutina que el gobierno se desembarace de quienes se han convertido en un estorbo para sus fines con honores de miles gloriosus caído en la batalla contra los enemigos de la patria; ocurrió con doña Barberá, con el murciano don Sánchez y ahora con el muy honorable don Moix. En la otra noticia que forma del díptico narrativo de la mañana, los ministros de la cosa militar y policial, doña Cospedal y don Zoido, presentan una documentación referida a las víctimas del terrorismo cuya abnegación y sacrificio ensalzan. ¿De qué trata la película?, ¿cuál es el mcguffin de la intriga?, ¿quiere decirse que las víctimas del terrorismo y el fiscal dimitido son héroes de la misma epopeya?, ¿o que los policías, militares y civiles caídos bajo balas asesinas lo fueron para que el fiscal ahora dimitido pudiera simultanear su función de perseguidor de defraudadores al fisco siendo él mismo uno de ellos?, ¿o que quienes han solicitado el cese del fiscal son de la misma calaña que los terroristas? Hubo un tiempo en que estuvo de moda en la teoría de la comunicación la noción de mensaje subliminal. No hay tal, las cosas son como se ven y el sentido del argumentario del gobierno es inequívoco. Ahí están los ministros ponentes parapetados en la trinchera que forman las víctimas del terrorismo para hurtarse al fuego graneado que provoca su propia indecencia. La gran pantalla de televisión, los bustos parlantes que parecen dirigirse al vacío, subrayados por los subtítulos, y los parroquianos encogidos en los veladores y absortos en sus quisicosas, forman un escenario de 1984. He ahí una decena de winston smith con la cerviz hundida en los hombros y la mirada gacha sobre la taza de café para cubrirse del chaparrón orwelliano que brota de la pantalla mural.