La muerte de un niño afectado de otitis porque sus padres se empeñaron en tratarle con procedimientos así llamados homeopáticos ha causado, dice la noticia, gran conmoción en Italia. No es para menos, aunque hay que dudar de que la conmoción vaya a modificar el comportamiento de los que están en el negocio: proveedores, clientes y predicadores. El pensamiento mágico, del que la homeopatía es una variante, resulta en la mayoría de los casos inocuo, puro efecto placebo, y no hay que esperar que vaya a ceder terreno en la afición de la gente. La ciencia es lenta, dubitativa y elitista mientras que la brujería es ágil, asertiva y democrática, y la tentación de sustituir un procedimiento acreditado en la comunidad científica por una fórmula arbitraria e improvisada es irresistible, tanto más si está de por medio el desamparo y la ansiedad del enfermo por recuperar la salud. La fe en el curanderismo ha encontrado un nuevo aliado en la moda del multiculturalismo dominante en buena parte del debate público, según el cual todas las perspectivas y todas las opiniones son válidas y la verdad es relativa. Esto es por completo inaceptable en las ciencias de la naturaleza. En este contexto multicultural, jóvenes parejas adscritas a alguna de las variantes del pensamiento alternativo se niegan a vacunar a sus hijos o, como en el caso que se comenta, a tratar su otitis de acuerdo con prescripciones médicas. Los efectos de esta actitud no han sido por ahora lo bastante graves en nuestras sociedades como para que los poderes públicos consideren necesario que ocupen un lugar en la agenda de gobierno. De hecho, en ciertos públicos no poco numerosos es un tabú aludir al engaño y la manipulación que significan los llamados tratamientos alternativos, y no es infrecuente que alguno de sus predicadores pueda llevar a cabo la publicidad de su mercancía con apoyo de las instituciones públicas. Ha ocurrido en días pasados en mi pueblo, a cargo de un promotor de tratamientos con plantas medicinales domésticas para enfermedades tan graves como el cáncer, que daba una charla promocional de la llamada agricultura ecológica, una etiqueta comercial de contornos difusos que, a lo que se ve, puede llevar muy lejos. En mi pueblo hay una cierta tradición digamos resistencial a esta clase de camelos, que se ha manifestado en un debate en la prensa sobre la actividad de estos gurús cuyo rasgo personal más notorio es quizás su inagotable arrogancia.