Ante un atentado terrorista se tarda más en comprender su alcance, para no hablar de sus consecuencias, que en olvidarlo. Los que se dedican al abyecto oficio de matar gente desprevenida a distancia buscan no se sabe si venganza o ganar alguna posición en una guerra imaginaria. Cualquier propósito que se atribuya a los terroristas vale porque el odio los engloba todos. Los destinatarios de sus artefactos responden con el dolor de las heridas y, a la postre, con estoicismo cuando no indiferencia porque ¿qué se puede hacer ante una amenaza aleatoria e imprevisible? Claro es que el estado está obligado a no abandonar la vigilancia y a prevenir en lo posible los daños pero sabemos que nunca lo conseguirá del todo y cuando la plaga termine, la labor policial será solo una de las causas y acaso ni siquiera la más importante. El terrorismo empieza por la voluntad de un puñado de fanáticos virados en idealistas y termina por la desafección de los  mismos o de sus sucesores, cuando encuentran razones para creer que deben cesar en el negocio. Entretanto, durante un tiempo que puede ser muy largo, las acciones terroristas se expanden y se mantienen porque en cualquier sociedad hay reservas de odio e individuos dispuestos a ver su destino en la urgencia de la muerte, de los otros y en la propia. De la abundante literatura sobre el terrorismo, la única que tiene algún sentido es la que se ocupa en desentrañar los mecanismos materiales del crimen: cómo se reclutan, adiestran y se arman los autores de los atentados. Cualquier otro intento de explorar las razones de sus acciones para ahormarlas al pensamiento político convencional es, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo, y en el peor, una deriva tóxica. Por lo que nos dice la experiencia, el terrorismo medra en campos donde se registra una hinchazón de mitología política, ya sea religiosa, patriótica, social o de cualquier otro orden, pero ni siquiera eso es siempre cierto. En la Rusia decimonónica, donde puede decirse que nació el terrorismo moderno, llamaban nihilistas a los que lo practicaban, una manera de situarlos fuera de la comunidad y de la razón porque nada hay menos accesible a la razón que la nada. En un día como hoy, solo cabe tener un recuerdo compasivo hacia las víctimas, apretar los dientes y esperar que la policía pueda evitar la próxima matanza.