Qué duro es hacerse viejo. Dos son las tareas principales, casi exclusivas, que competen a quien ha rebasado los sesenta y cinco, por poner un límite administrativo de edad. Una, cuidar de su salud y dos, no caer en el ridículo. De la salud no nos ocuparemos aquí porque cada uno lidia con la suya pero el ridículo es una epidemia universal a la edad provecta, derivada del hecho de que la existencia, llegada a cierto punto, te ha convertido en un excedente de cupo. No solo tu cuerpo se desentiende de tus apetencias sino también la cabeza parece discurrir sin contar contigo. Todo lo que has acumulado en la vida –la memoria, la cultura, los valores, los hábitos mentales, las rutinas sociales, las querencias y manías intransferibles- pertenece al pasado, lo cual el viejo se niega a reconocer porque aún puede correr la media maratón, escribir un libro, cuidar las tomateras del jardín y recriminar a los jóvenes su inmoderada afición a los móviles. Estoy hecho un chaval, exclama el interpelado mientras persevera en la escarba de sí mismo. Este melancólico pensamiento me asalta no solo cuando brujuleo en esta bitácora sino también cuando me asomo a las últimas divagaciones de los autores de mi generación, singularmente de aquellos que desde que guardo memoria han oficiado de guía y modelo intelectual y cuya ejecutoria estaba fuera de toda objeción, si bien su verdadero valor lo juzgará la historia, no la claque. El novelista Javier Marías es una de estas luminarias. Al decir de la crítica, es arriesgado negar la excelencia de sus novelas y el peso de su carrera literaria pero, forzado a comparecer cada domingo en las páginas satinadas del periódico de referencia, gusta de presentarse a sí mismo como un gruñón desabrido, arbitrario y desdeñoso al que todo le incomoda. Acaso un rasgo de la inmortalidad sea denostar al tiempo en que vives.  Los títulos de las piezas que evacua cada semana nuestro escritor dan aviso del cariz de la realidad que contempla desde la ventana: A calles tétricas, festín pagano, Estupidez clasista, Generaciones de mastuerzos, Recomendación del desprecio, La peligrosa parodia, etcétera. Confieso que estos lemas a la cabecera del texto pocas veces estimulan mi curiosidad más allá del primer párrafo y a menudo ni siquiera más allá del título mismo. Pero este domingo pasado, sí he leído el artículo completo porque los editores del diario de referencia que acoge las quejas del escritor han tenido a bien extraer una frase de la pieza como reclamo en primera página de la campaña editorial que llevan a cabo. La frase es una jeremiada más pero he leído el contexto por si se ofrecía algún razonamiento que la justificase. Qué va, los que habitan el empíreo no necesitan rebajarse a explicar su opinión. Hay un partido que se proclama de izquierdas, Podemos, y que es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange, sentencia el escritor y destaca el editor. Ya saben, si lo dice Javier Marías, punto redondo. Todo esto ocurre el mismo día en que el diario de referencia ha debido descubrir, no sin estupor, que toda su florida artillería retórica –editorialistas, firmas de relumbrón, columnistas del menudeo y periodistas de primera plana- no ha podido evitar que los afiliados del pesoe, su público diana tradicional, hiciera lo contrario de lo que se le ordenaba desde las páginas del periódico. ¿Y no será que el periódico y quienes lo nutren han perdido el sentido de la realidad? Una fotico del escritor preside su artículo semanal. Nos mira desde lo alto: cabellera suelta y entrecana, señal de experiencia y libertad; párpados entrecerrados para proteger la inteligencia de las asechanzas de una realidad grasa y torva; labios firmes y apretados en una pincelada de desdén, como si contuvieran la justa ira que alimenta su obra. ¿Es posible que la banalidad pueda volar tan alto?