A los que ya somos abuelos no deja de admirarnos la agilidad de los dedos de la chiquillería en la tarea de comunicarse a través de los dispositivos móviles. Los viejos no podemos alcanzar ese virtuosismo, y no solo por la artrosis y otras pejigueras que anidan en nuestra osamenta sino por la reminiscencia de un respeto reverencial por la palabra escrita y sus consecuencias, que es desconocido para los adolescentes pues la tecnología les autoriza a tamborilear impunemente sobre el lenguaje y la gramática e incluso les proporciona un código alternativo con un repertorio creciente de los llamados emoticonos que devuelven la comunicación gráfica a la era prealfabética. Poco sabemos de lo que contienen esos mensajes adolescentes, que sin embargo han sustituido con creces el habla popular de antaño. Era inevitable que los políticos estuvieran presentes en este nuevo espacio de vecindad digital para caer simpáticos entre la gente y alcanzar alguna visibilidad en la maraña de eso tan cool que llamamos las redes. El sistema político es piramidal y jerárquico y los medios convencionales solo permiten asomar la cabeza a unos pocos líderes y figurones en los telediarios y en las páginas de los periódicos, pero, qué caramba, los concejales de pueblo y los militantes de base también estamos aquí y tenemos nuestras opiniones tan respetables como las de cualquiera. La comunicación digital ha derribado innumerables barreras, no solo sociales sino también psicológicas, y ha entronizado la desvergüenza. El tuitero lanza desde su intimidad a la plaza pública un mensaje mediante unas pocas pulsaciones, como quien arroja una lata de cerveza al césped en busca de la cabeza del delantero contrario desde la marabunta que ocupa las gradas del estadio, sin filtro alguno entre el deseo y la acción. Un sentimiento de impunidad gozosa le invade. Durante unos segundos confunde la realidad con sus obsesiones y domina el mundo. Un edil de cierta localidad lindante a mi pueblo, hombre ya talludo, es un esforzado tuitero. La letanía de las entradas de su cuenta refleja una actividad cerebral plana pero de vez en cuando se deja llevar por la necesidad de estampar alguna reflexión más profunda y, de acuerdo con lo que le dicta la ideología y el carácter, llama violadores y pederastas a sus adversarios políticos y el mensaje se convierte en lo que podríamos llamar un choque cultural, la chiporroteante colisión de las nuevas tecnologías con la más vieja jerga tabernaria, lo que otorga a las ocurrencias del concejal una momentánea celebridad. Cuando viene la réplica, el concejal pide disculpas por su comentario poco afortunado, y añade a modo de explicación, fue un calentón y no quise molestar a nadie, a lo que quizás pudo añadir, pero que no se hubiera puesto en medio. En realidad, no fue un comentario sino una injuria y no fue poco afortunado puesto que alcanzó su propósito de injuriar. En cuanto al calentón, ¿desde cuándo es un eximente de la agresión? Freud se mostraría curioso por saber por qué el concejal utilizó esos concretos adjetivos injuriosos y no otros para dirigirse a su oponente, pero eso es asunto suyo y de Freud. La pregunta de interés general es si nos espera ser gobernados por esa tropa de machotes tuiteros y calientes. Y la respuesta es sí: ahí está Trump.