El recién elegido presidente francés ha nombrado a un hombre del partido de la derecha como primer ministro. La primera dificultad radica en ubicar al electo. Philippe, que así se llama el personaje, inició su carrera política en el partido socialista, luego se pasó a los republicanos, el partido de la derecha, si bien en la facción moderada, lo que quiera que signifique eso, y, por último, durante la pasada compaña electoral, ofició de comentarista político en un periódico de izquierdas desde el que atizó sin tregua a Macron, que ahora le ha nombrado primer ministro. En física cuántica, las partículas se comportan a veces como ondas. Es la hipótesis de De Broglie, francés, por cierto, que dice más o menos así: toda entidad infinitesimal de materia presenta características tanto corpusculares como ondulatorias y se comporta de uno u otro modo según el experimento específico. En uno de los comentarios de prensa en los que en nuevo primer ministro Philippe embestía contra su ahora patrón Macron dejó escrito: en Francia odiamos los partidos pero la democracia es imposible sin ellos. En efecto, los partidos son el marco del experimento cuántico por el que discurren los políticos, partículas zigzagueantes, reptilianas, mutantes, convertidas en ondas en el vacío. Las partículas dejan de tener dimensiones específicas y reconocibles para mostrarse como movimientos que se deslizan por el campo del experimento, que es el sistema de partidos. Así que el destino de las fuerzas políticas y más singularmente de los políticos de alta graduación es volverse ondulantes. Algo de eso se vio ayer en el debate de los tres candidatos a la jefatura del pesoe, que invirtieron tiempo en reprocharse entre sí los cambios de opinión y los zigzagueos orgánicos de sus respectivas carreras políticas. El espectáculo, visto desde la física cuántica, era el de tres personajes que añoran el peso y la densidad de las partículas de antaño –un partido de ciento treinta y ocho años de antigüedad y todo eso- a la vez que no pueden dejar de reconocer que están obligados a comportarse como ondas. El eje derecha/izquierda deviene eje partícula/onda. El joven y ondulante Rivera es el primero que lo ha captado y puesto en práctica en nuestro ecosistema. La siguiente cuestión es qué trayectoria siguen las ondas, a dónde se dirigen y con qué fin, y la única respuesta posible es que se mueven atraídas por fuerzas gravitacionales que, en política, forman la nebulosa del dinero, el agujero negro donde se encuentran los que mandan en los políticos y cuya puerta de acceso está en Berlín, primera etapa del itinerario de la onda. De nuevo nos ilustra el ondulante Philippe: sin los partidos podría ser que los zorros que merodean en torno al gallinero socialista no se detuvieran ahí. Los políticos de la derecha pueden ser ondulantes pero sus partidos son jaulas para tener a buen recaudo a las gallinas y la caja de caudales frente a las asechanzas de los llamados populistas, fragmentos de materia grasa carentes de energía para salir de su condición de partículas. Es algo que en nuestro ecosistema sabe muy bien Rajoy, que parece más de física newtoniana que cuántica.
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