La realidad se niega a dejarse moldear. Alguien o algo la impulsa, la agita, la maneja pero quién sabe en qué dirección y con qué fin. La historia, mientras transcurre, es la carrera de un tigre, que solo mucho después, cuando ya ha pasado y la fiera esta desfallecida, se deja domesticar en imágenes manipuladas y tranquilizadoras. Tres noticias del día atrapadas en la torrentera de la actualidad, que olvidaremos apenas leídas u oídas: 1) Merkel derrota por tercera o cuarta vez a su oponente socialista Schulz, esta vez en el land rojo de Renania del Norte-Westfalia, que alberga la cuenca minera del Rhur; 2) la policía acusa a un grupo de taxistas sevillanos de organización criminal por haber incendiado vehículos de las emergentes compañías de transporte urbano, en una lucha a muerte, provocada por la irrupción del nuevo mundo tecnológico, entre trabajadores de toda clase, como definía españa la constitución republicana de 1931; y 3) se cumple el sexto aniversario de la eclosión de los indignados en el famoso 15-m, cuya memoria ha quedado empantanada en algún lugar entre el mito y la política. En medio de este turbión, la noticia que más comentarios ha recibido durante la jornada  y seguramente en los días siguientes hasta el próximo domingo, a pesar de su insignificancia, es el debate de los tres candidatos al liderazgo del pesoe, Díaz, López y Sánchez. La retransmisión televisiva da al acontecimiento una relevancia universal aunque el mensaje solo concierne a los militantes del partido. ¿Cuántos de estos hipotéticos votantes han asistido al intercambio de invectivas y tópicos y en qué medida ha podido modificar las expectativas del resultado? Para el curioso externo que se ha incorporado a la greña familiar socialista a través de la ventana abierta de la tele, la impresión es de algo ya sabido. El encono sin tregua ni remedio entre Díaz y Sánchez y el narcisismo infatigable de ambos, en medio de los cuales López parecía un dechado de sensatez y solvencia, y el único que se ha elevado en algunos momentos sobre la nube tóxica que envuelve hoy al partido, lo que quizá le reporte algunos votos adicionales de los hastiados de ese otro par de jóvenes henchidos de ambición y huérfanos de equipaje político y también, hay que decirlo, de carisma. En política, todo lo pone el votante, igual que en economía lo pone el pagano y en religión el creyente porque detrás de esta adhesión a priori no hay más que ruido y furia y retransmitirlo por televisión es una obscenidad. Nada de lo que se ha dicho en el mal llamado debate da ni para un minuto de reflexión. ¿Por qué gana la derecha elección tras elección después de haber provocado la crisis económica más grande desde la que alumbró la segunda guerra mundial?; ¿dónde están las clases sociales que han de ejercer  de sujeto histórico en este siglo roturado por la revolución digital?, ¿cómo se convierte en energía política operativa el malestar y la indignación de la calle? La respuesta, el año que viene si dios quiere. Era el eslogan de Hermano Lobo, la revista satírica que nos ayudó a pasar el trago de la transición desde la dictadura sin fin hasta la democracia con límites. Y ahora que lo pienso, es un signo de vejez haber pasado un demasiado largo rato ante la tele viendo el espectáculo agónico y sin pizca de humor de Díaz, Sánchez y López. Como si aún cupiera la esperanza.